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LGTBI

Una vuelta a Heterolandia: las heridas que abre la heterosexualidad obligatoria

"Heterolandia" es la distopía que se ha hecho más real en nuestra sociedad y que ha dejado heridas en muchas generaciones. Con la biopic de La Veneno a punto de proyectarse en cines, pensar las heridas de las generaciones que nos preceden es un ejercicio necesario para saber dónde situarnos y construir nuevas utopías.

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(C) Todas los fotogramas empleados: T1 E2: Un viaje en el tiempo. Veneno. Serie, 2020.

Por Agustín Mora Palomares.- El regreso de vacaciones es un momento complejo. Surge con la incertidumbre de lo que nos espera a la vuelta, qué rutina tendremos, la duda de si será como la dejamos. Por otro lado, está la pena de tener que volver de ese retiro… todo es tiempo.

He tardado en volver a escribir. Le he dado muchas vueltas, qué tema tratar, por dónde seguir, qué quiero decir. Escribir acerca de la agenda activista y los retos, la vuelta a las aulas, la visibilidad, las relaciones afectivas alternativas… Encontrar el tema es en ocasiones más difícil que plasmar los argumentos acerca de la cuestión misma.

Habitualmente escribo con la orientación de saber hacia dónde quiero conducir a quienes me lean, pero en esta ocasión dejo que sean las teclas del ordenador quienes dirijan mi pensamiento. No lo suelo hacer.

Es el preludio para pensar aquella sensación que me dejó Adra. El pueblo almeriense de La Veneno, capturado por los Javis en el segundo capítulo que le rinde homenaje, y, joder, una sensación recurrente: que estoy aún cerca de heterolandia.

Siento que ese Adra está más cerca de lo que nos creemos. Los que nos han llamado “maricón” son quienes luego nos buscaban para satisfacer ese deseo sexual reprimido. Disculpadme el spoiler.  Heterolandia es ese espacio donde matarile al maricón es la música que suena de fondo; es ese lugar donde ser heterosexual no es solo un mandato sino una necesidad y ser homosexual conlleva ser el juguete roto. Es no tener derecho a ser amado, pero sí a estar disponible en cuerpo y alma a los deseos de otro: el hetero.

 

Heterolandia es un no lugar

Es el espacio que nos habita -si de metafísica estuviéramos tratando-, nos constituye casi biológicamente, nos marca el lugar donde estar y hasta dónde nos está permitido llegar. En heterolandia ser homosexual o trans o ambas es una cualidad que está marcada con el Gesto de la prostitución.

Manolito era solo Manolito cuando empezó a escuchar maricón. No lo escuchaba de fondo, porque los mandatos sociales nunca suenan de fondo, siempre hay quienes te lo inscriben en la piel. La inscripción, la etiqueta, es la violencia que Heterolandia deja sobre los cuerpos y no nos engañemos, alguien se encarga de hacerla.

La violencia nunca es gratuita. La violencia te pone en un lugar, en El Lugar. El lugar que te corresponde por no ser normal, que es el lugar de quienes sienten atracción por personas de su mismo sexo o quienes son más allá de lo que muestran sus cuerpos. El lugar en el que saben (¿cómo lo saben?) que deben ponerte, el que pusieron a Manolito.

En Heterolandia la ley del silencio y del secreto impera. Nadie puede saber quién eres realmente, la condición es represión, las consecuencias de lo contrario son igual de lesivas: ser un cuerpo utilizado para satisfacer el deseo de odio. Y el odio siempre deja heridas.

 

Las cicatrices de varias generaciones

Cuando derogaron la ley de vagos y maleantes la sociedad echó agua oxigenada a una herida que ha dejado cicatrices en la trayectoria vital y el crecimiento personal de muchas personas. La ley Gandula como la conocían se aprobó en la II República pero fue la dictadura franquista en 1954 el régimen que la modificó para reforzar la heterosexualidad obligatoria.

Cuando una orientación sexual se hace obligatoria el régimen que la impone necesita instrumentos de tortura: aquí las cárceles en Huelva de activos y en Badajoz de pasivos son la infraestructura que recuerda a quien quiera mirarlo que en España la heterosexualidad era una imposición y tortura más del franquismo. El balance: Entorno a un millar de no heterosexuales pasaron por prisión entre 1970 y 1979, años en los que la Gandula tomaba nombre de Peligrosidad Social.

Lo que narra la serie de los Javis con la infancia de La Veneno en Adra trae a las pantallas aquellas generaciones de jóvenes que pusieron el cuerpo sobre el que infringieron la tortura de no ser heterosexual. Cuántas madres no habrán sido monstruos para sus hijos me pregunté mientras veía cómo Manolito recibía palizas de su madre, lo que me recordó que hacía tiempo había conocido el caso de Antoni, que a los 17 años dijo a su madre que era homosexual y por ello acabó en Bazajoz, en la cárcel.  En 1978 aún en España se podía detener a alguien por el delito de travestismo, un año después sería despenalizada la homosexualidad.

La de Antoni como la de La Veneno y la de cientos de personas son generaciones heridas y sus heridas son las cicatrices de nuestra generación. Tantas vidas marcadas por la tortura merecen un homenaje desde lo particular de cada uno de nosotros y nosotras quienes haciéndonos responsables de nuestro presente podemos hacer justicia erradicando cualquier síntoma de lgtbifobia.

Nos responsabilizamos de nuestro presente cuanto más lejos de la distopía vivamos, cuanto más nos cuidemos y cuanto más nos protejamos de la violencia de toda imposición sobre nuestra identidad de género y orientación sexual.

Es por esto que cuando somos capaces de revertir el delito en libertad y los medios comunes no reprimen ni hieren, y cuando la ley protege las distintas formas de ser, sentirse y amar, entonces mostrar las cicatrices es un acto de justicia.