jueves, 6 de agosto

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Opinión

Jugando a guardias y ladrones

Por Fermín Gassol Peco

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“Lo que no se llevan los ladrones, aparece en los rincones”.

¿Recuerdan ustedes aquellos años cuando jugábamos a guardias y ladrones? Eran tiempos en los que la imaginación fabricaba juegos así, a pelo, sin necesidad de recurrir a ninguna maquinita. Hoy sin embargo estos juegos siguen existiendo de manera mucho más sofisticada no en la calle sino delante del inevitable ordenador, fabricados por un computador que nos hace correr, saltar y escondernos, sin movernos de la silla, el sofá o el sillón.

Sin embargo esta historia no va de juegos virtuales o reales sino de ladrones de verdad, aunque alguno pareciera que jugara a serlo por la forma de actuar. Y es que como todo se ha vuelto demasiado global, los ladrones también se han hecho más vulgares y menos exigentes con ellos mismos.

Antaño, cuando la policía tenía menos medios técnicos, algunos ladrones que eran unos fenómenos, eso sí entregados a una causa equivocada, se atrevían a dejar algún detalle a modo de firma para que la policía supiera de quien podía ser la obra. Era la forma entre petulante y temeraria que tenía el ladrón de insinuar que era más listo que sus perseguidores, aunque al final “el gato siempre cogía al ratón”. Los ladrones a los que me ahora me refiero son a modo de unos ratoncillos y resultan entre ridículos y “medio simpáticos” por la torpeza de sus acciones consecuencia de los nervios.

Es lo que le sucedió a un atracador del tres al cuarto que una vez conquistado un pequeño botín, hecho un manojo de nervios, se dejó olvidado otro manojo, el de las llaves del coche que tenían aparcado para salir huyendo; o aquél que se dejó olvidada la pistola encima del mostrador, emocionado en cuanto vio dos euros juntos…o el infeliz que se dejó el móvil encima de una mesa de la oficina que había desvalijado. La policía en este caso lo tuvo fácil. Marcó el teléfono de su amiguita y ésta contesto, hola cariño…lo demás fue algo parecido a eso de coser y cantar…en este caso, con la amiguita costurera.  

Pero el último caso sobre ladronzuelos poco expertos refleja una mezcla de exceso de confianza, familiaridad y falta de memoria unidos. Es el caso de un ladrón que se dedicaba a robar cables de cobre en la urbanización de viviendas unifamiliares donde él mismo residía. El caco entraba por las ventanas y se hacía con el género. Sin embargo un mal día, para él claro, sucedió lo inevitable; como algunas viviendas se encontraban deshabitadas y siendo todas iguales debió perder la referencia no sabiendo en cuál de ellas se encontraba creyendo estar en la suya dejando las llaves olvidadas en el salón de la…última en la que robó, claro está.

Cuando el propietario entró en su casa, encontró las llaves del caco tiradas en el suelo del salón. La policía también lo tuvo tirado esta vez. Cogió las llavecitas yendo casa por casa hasta que…la llave hizo ¡guá! al igual que una canica, en la cerradura. El caco se encontraba sentado apaciblemente en su salón. No tuvieron que decir nada más que buenas tardes tenga usted. Las tardes se las dieron, las llaves, no.

En este caso también se acabó cumpliendo el refrán popular citado al comienzo del artículo: “Lo que no se llevan los ladrones, aparece…en los salones.