sábado, 24 de octubre

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Opinión

El instinto de manada

Por Fermín Gassol Peco

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“El conformismo es el carcelero de la libertad y el enemigo del crecimiento”. John Fitzgerald Kennedy. 

Existe hoy una expresión utilizada de manera habitual que particularmente me produce sarpullidos: “Es lo que hay”; y digo molestarme por lo que significa de conformismo y claudicación ante los hechos que la vida nos trae. ¿Qué queremos decir al pronunciarla, resignación, aceptación con lo que nos viene encima, tragar a regañadientes con aquello que otros deciden? La frase denota desde luego impotencia, cierta complacencia involuntaria para querer justificar el hecho de no poder cambiar cuestiones que no nos gustan o con las que no estamos de acuerdo.

¿Por qué, pregunto, en un mundo de libertades existe aún la dependencia de pensamiento y acción? ¿Por qué existen las “dictaduras en el comportamiento cotidiano social, político, económico, familiar”? Y es que de manera habitual nos encontramos en situaciones con las que tenemos que convivir como si fueran las más normales del mundo y que no siéndolo ni de lejos, responden al conocido y popular “ajo y agua”; nadie sabe porqué las han impuesto, aunque si conozcamos quienes han sido, cómo y porqué lo han hecho.

Cada cual sabrá de sus claudicaciones más o menos voluntarias, “sus particulares bajadas de pantalones existenciales que tiene que soportar a diario”. “Atilas” del comportamiento familiar más tirano hacia las personas mayores por ejemplo, hacia las normas más básicas de comportamiento, hacia la integridad mental y física, claudicaciones ante la falta de honradez política y la corrupción económica, ante la lógica y sentido común, ante la salud y sobre todo ante la vida.

La frase “esto es lo que hay” suena, sabe y huele a una alarmante falta de espíritu revolucionario, a un amargo consentimiento de que unos sigan pisando a los otros, a que unos pocos engallados se impongan a otros muchos acoquinados. Es el instinto de manada que se encuentra presente en buena parte de la sociedad, sobre todo en las aburguesadas.

Diversos estudios sicológicos así lo han certificado; reconocidos los llevados a cabo por Salomón Asch y Stanley Milgram, sicólogos sociales para quienes la inmensa mayoría de los ciudadanos carece de recursos psicológicos para contravenir las órdenes de la autoridad sin pararse a analizar sobre su conveniencia o idoneidad. Solamente una minoría de gente posee capacidad para ser crítica con el poder y desobedecer llegado el caso propuestas totalitarias.

Es evidente que el mundo necesita una revolución de agua limpia, luz blanca y letras claras, una revolución en la naturaleza de la inteligencia y los sentidos, donde todo sea más nítido, cada día haya más hijos de la luz y menos de la noche, más oxígeno, menos humo y niebla en las mentes, más inocencia en las acciones, más bonanza en el horizonte, más verdad y menos mentira.

El sometimiento sicológico y vital a las personas no necesita de metralletas, ni bombas racimo para imponerse, basta con implantar la negación de los argumentos racionales más básicos, pisándolos con las botas de la ignorancia y suficiencia.