miercoles, 30 de septiembre

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Opinión

Cuevas modernas

Por Fermín Gassol Peco

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Ciudad Real Digital (CRD)

Cuando los hombres pisaron por primera vez la tierra sus viviendas que se encontraban en el interior de sus entrañas; las cuevas eran los lugares más seguros para defenderse de la climatología y de las fieras, habitáculos naturales donde hacer vida y pasar los días. Poco a poco tuvieron la curiosidad de conocer otros parajes y el ser humano se hizo nómada no teniendo más remedio que vivir al raso, acampando sobre el suelo o en los árboles cuan primitiva premonición de vivir en las alturas, allá donde el futuro le esperaba para poder sobrevivir.

Cansado de caminar se hizo sedentario y cuando vio que agrupados con otros semejantes podía acometer mayor número de empresas empezó a formar pequeños asentamientos; poco a poco estos núcleos fueron creciendo siempre en contacto con el suelo. Cierto día, unos espabilados pensaron que el suelo no era ni del viento ni de quien lo trabajaba sino de quien llegara justo a tiempo y con lanzas y cayados fueron marcando sobre el terreno los límites de sus conquistas; había nacido la propiedad, la exclusividad dentro de la colectividad. Hombre y suelo conformaban ya una nueva sociedad de seguridad y poder.

 Con la revolución industrial los núcleos aumentaron sus límites y comenzaron a formarse costras de asfalto sobre la piel de la tierra; habían nacido las urbes. Y en esas urbes confluyeron dos filosofías, la de aprovecharse mejor del suelo y dejar de pisar la tierra asfaltada o embarrada. Había nacido el concepto de ciudad. Aparecieron edificios cada vez más altos dando a las ciudades una imagen de enormes cajas de cerillas de cemento que encendidas calentaban como nunca en invierno los hogares. 

Esas mismas ciudades, algunas enormes comenzaron a encontrarse conectadas entre sí con inabarcable frecuencia debido al tránsito continuo de mercancías y personas por tierra, mar y aire, dando lugar a lo que se ha dado en llamar la aldea global. Una aldea donde millones de personas se desplazaban hasta hace apenas diez días como hormigas afanosas buscándose la vida, en un ir y venir diario; pero de una manera súbita, ese trepidante trasiego, esa descomunal cadena que de trasporte ha quedado parada por un bichito microscópico que se ha colado en su engranaje.

Hoy nos encontramos en una situación tremendamente extraña; un tercio de la población mundial que hasta ayer mismo no paraba, se encuentra confinada en sus viviendas, más o menos confortables y espaciosas para defenderse de una fiera invisible que avanza cuan Atila, arrasando a quienes encuentra a su paso sin respetar fronteras. Un virus dormido que ha mutado y está obligando a esa aldea global y de momento a volver a las cavernas, eso sí, con agua natural, luz artificial, televisión e internet en todas sus variables; pero cuevas a fin de cuentas.