domingo, 27 de septiembre

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Opinión

El arte de dirigir

Por Fermín Gassol Peco

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”La crisis acabará cuando el nivel de vida se corresponda con el nivel de productividad”  Juan Roig. Una frase que encierra todo un tratado de economía y sensatez basado en el seguimiento del negocio que preside, un auténtico termómetro capilar que mide a diario la temperatura económica del país con una herramienta muy fiable, la cesta de la compra.

Este es Juan Roig, presidente ejecutivo de una cadena de supermercados de alimentación con capital completamente español que cuenta con más de mil seiscientos establecimientos en cincuenta provincias y con una plantilla de noventa mil empleados (doble número de mujeres que de hombres) todos ellos con contrato indefinido. Unas tiendas de alimentación que abastecen a más de cinco millones de hogares españoles diariamente. Una hermosura de negocio. ¿Y a cuento de qué, podrán decir ustedes, viene escribir sobre este valenciano? Pues al hecho de ser cliente habitual y observar su modelo de gestión.

Cuando alguien piensa en montar un negocio, hacerse empresario, dos son los móviles que empujan a hacerlo, la inquietud emprendedora y el beneficio a obtener con su explotación. Ambos caminan de la mano como siameses, sin el uno, el otro no puede existir. El empresario inteligente sabe sin embargo que él solo no puede hacerlo, que necesita medios materiales y sobre todo personas que le ayuden a llevar a cabo su proyecto con parecida ilusión, que su negocio a medida que crece necesita de una estructura financiera, logística y sobre todo humana también mayor.

Este crecimiento se consigue haciendo las cosas con tranquilidad, sin cometer locas alegrías, asentando previamente el nivel logrado anteriormente, dando con el “quid” de las necesidades de la población, montando una idónea estrategia de ubicación, ofreciendo un precio muy competitivo y lo más difícil de todo, manteniendo satisfecho al personal; lograr que el empleado se sienta orgulloso de seguir perteneciendo a la empresa donde trabaja.

Quienes hemos sido empleados de una gran empresa, sabemos que al principio, cuando ingresamos en ella la ilusión es grande pero esa alegría inicial ha de mantenerse viva porque la inercia y el trabajo hacen que nos sintamos ya parte del éxito conseguido y lo que en un principio era puro agradecimiento se convierte en derecho adquirido.

El arte de dirigir a personas consiste en mantenerlas ilusionadas, reconociendo su labor con pequeños detalles demostrativos de que el jefe, todos los días cuando se levanta, piensa en el hombre o mujer que colabora en el éxito de su empresa con  la misma intensidad que piensa en el dinero que va a ganar en esa jornada.

Y es que las personas somos mucho más que puros medios para conseguir un fin, somos los que con nuestro comportamiento hacemos posible que ese fin pueda ser mayor y conseguirlo también más fácilmente. Cuestión de sensibilidad e inteligencia.