domingo, 15 de septiembre

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Opinión

Los débiles utilizados como armas arrojadizas

Fermín Gassol Peco. Director Cáritas Diocesana de Ciudad Real

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Todos sabemos sobradamente que las armas se utilizan para ir contra algo o alguien con el único afán de hacer daño, aunque solo se trate de una simple diana. Cuanto más potente sea el artilugio empleado, mayor será su capacidad de destruir, todo estará en función de las dimensiones que presenta el objetivo a abatir. El arma es pues un puro medio del que alguien se vale y que una vez utilizado, bien se sustituye o se guarda para una próxima ocasión.

Ustedes pensarán de manera lógica que estoy hablando de armas hechas con materiales de distintas características, pero si les digo que las armas a las que me quiero referir están formadas por personas o colectivos humano, la cuestión cambia sustancialmente de perspectiva y contenido. La pregunta que se harán es cuándo, cómo y porqué se producen estos extremo.

Si son algo observadores y siguen las noticias que diariamente aparecen en los medios, habrán caído en la cuenta de la falta de concordancia y coherencia que presentan algunos hechos del mismo tipo y calado según se den en una situación u otra, sobre todo en el mundo de la política.

Las mujeres y los marginados, migrantes incluidos, constituyen ahora mismo las dos armas arrojadizas más potentes en las luchas de unos partidos contra otros. Armas que se utilizan solamente si con ellas se hace daño al partido al que se quiere minar, por decirlo de manera coloquial si hay chicha, que de lo contrario, esas balas, dardos u obuses dialécticos se guardan para cuando exista alguna presa a derribar, no importando por tanto el alma de las personas, solo el rédito político o electoral.

¿Cómo se explica si no que se denuncien situaciones ante quien ejerce responsabilidades sobre todo en el mundo de la marginalidad y llegada la hora de tener que actuar se siga con la misma o parecida actitud? ¿Cómo es posible igualmente que se denuncien situaciones donde las mujeres son maltratadas o simplemente no gozan de igualdad real y se mire para otro lado o se justifique, por mor de sus creencias por ejemplo, que sean tratadas como esclavas u objetos propiedad de alguien? No entro en citar ejemplos concretos, los habría por cientos, pero creo haberme arrimado lo bastante para que ustedes sin necesidad de utilizar prismáticos, puedan ver de manera suficientemente clara a lo que me estoy refiriendo…

No existe postura más ruin que utilizar a personas como cosas, objetos o medios con el único fin de darle en la cresta al rival de turno. Nada es más humillante para los marginados, pobres y mujeres que ser usados como armas arrojadizas para derribar al otro. Nada más infame que servirse de estos colectivos de personas para sacar tajada del momento político.

Una forma preocupante, muy preocupante de marginación actual es la que tiene lugar en el mar, en ese inmenso territorio tierra de nadie. Se trata de la marginalidad anónima, sin rostro, lejana, distinta por tratarse de extranjeros en el sentido más extremo. Hombres, mujeres y niños que subidos en pateras o embarcaciones humanitarias claman aquello que un día escribió Rafael Amor: “No me llames extranjero, porque haya nacido lejos o por que tenga otro nombre la tierra de dónde vengo. No me llames extranjero, porque fue distinto el seno o porque acunó mi infancia otro idioma de los cuentos. No me llames extranjero si en el amor de una madre tuvimos la misma luz en el canto y en el beso, con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho”.

El Papa Francisco, al que no mueve ningún interés partidista sino que ejerce una mera autoridad moral basada en valores humanos trascendentes, nos dice cara a la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado algo sumamente esclarecedor: “La respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Pero estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar”.