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Kwame Anthony Appiah, profesor de Filosofía

Cultura

El Señor de los Anillos: Valinor y el génesis de la Tierra Media (7º y último capítulo)

Por Alejandro González Calderón

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Foto: rossonl.wordpress.com

Llegamos al último capítulo de esta serie sobre la BSO de Howard Shore en la trilogía de Peter Jackson y la historia de los principales personajes de la Última Guerra del Anillo. Este último artículo he querido dedicarlo, como colofón, a Valinor, añadiendo el mito no tan conocido de la Ainulíndalë, el maravilloso relato sobre el principio de todo, pues quien sea aficionado y no conozca este mito, se sorprenderá al saber que todo lo que existe y ocurre en el mundo de la Tierra Media no es otra cosa que música hecha materia. No podía dejar de incluirlo.

Quiero darle las gracias a José Luís Vázquez por la oportunidad, el apoyo y el derroche de cariño constante, así como a todos los que a lo largo de estos dos meses habéis seguido mis artículos sobre Tolkien, como me consta que muchos habéis hecho. No soy ningún experto, ni he elaborado un trabajo perfecto (de hecho, mi idea previa era hacer algo mucho más extenso), pero he dedicado muchas horas de esfuerzo y mucho cariño a hacer este resumen, que quizás en un futuro retome como algo más serio. Espero que hayáis disfrutado leyéndolo tanto como yo elaborándolo, y espero que podáis seguir leyéndome en otros artículos, de literatura, eso sí, como antes de toda esta serie.

Alejandro G. Calderón.

Valinor

Valinor, Valinöre o Las Tierras Imperecederas es la tierra de los Valar, los Maiar y posteriormente los Vanyar, fundada tras la destrucción de Almaren. Es una isla al otro lado del Mar del Oeste cuya única ciudad es llamada Valimar, iluminada por los Dos Árboles, hasta que fueron envenenados, tras lo cual estuvo iluminada por la Luna y el Sol. Frodo es invitado por Gandalf en uno de los últimos barcos que zarpan hacia el oeste debido a los daños irreversibles que su hazaña le ha provocado, pues, aunque llevó a cabo su propósito, el viaje tuvo un coste para él, y una parte de sí mismo nunca volvió realmente a La Comarca. Éste último motivo suena cuando Frodo se despide de sus amigos en los Puertos Grises, contándonos hacia dónde se dirige, y dibujando la atmósfera de, probablemente, la escena más emotiva de la trilogía. Sin embargo, no es la única escena en la que podemos escuchar esta pieza: aparece también durante el asedio a Minas Tirith por parte de las tropas de Mordor. Gandalf describe a Pippin cómo es Valinor para tranquilizarle, pues los orcos están a punto de destruir el único portón que les impide entrar a la parte alta de la ciudad. Gandalf habla de un lugar idílico, un paraíso.

Se trata de una melodía dividida en dos frases, que se repiten dos veces: la primera es de cuatro notas, con un intervalo descendente en las tres primeras y uno ascendente en la última; la segunda parte, de cuatro notas, mantiene un intervalo descendente. Valinor tiene un sonido muy característico, dado por un acorde Sus 4 con resolución descendente, generando una tensión con las primeras notas que se resuelve después con la última. Este recurso de tensión-resolución es usado a lo largo de las películas para transmitir un sentimiento de pérdida o despedida, y lo podemos ver en todas aquellas escenas de esta índole, como cuando muere Boromir en brazos de Aragorn, o cuando muere el rey Théoden en brazos de su sobrina Eowyn.

Ainulíndalë: Ilúvatar y la Gran Música de los Ainur

Como no podía ser de otra manera, el génesis de la Tierra Media, y todo lo que en ella rebosa luz, equilibrio y belleza, se debe a la música. La creación de Ëa (la visión de la Ainunlindalë por la voluntad de Ilúvatar, que abarca la tierra de Arda -que incluye el continente de la Tierra Media- y los cielos, y esta limitada por los principios de la materia, el espacio y el tiempo. Fuera de ella se encuentran los Palacios Intemporales y El Vacío, lugar al que son desterrados Melkor tras la Guerra de la Cólera y Sauron, su lugarteniente, tras la última Guerra del Anillo), el cosmos, se debió a la llamada Gran Música que cantaron los Ainur (seres angelicales fruto del pensamiento de Ilúvatar). La mayoría de ellos viven junto a él, pero algunos otros viven en Ëa para ayudar al mantenimiento de la música y el orden, que las bestias de Melkor pretenden destruir a toda costa. Estos son los Valar, que habitan en Valinor, y los Maiar, que habitan en la Tierra Media. Los Ainur no tienen una forma definida, aunque a pesar de ser seres espirituales toman la forma de hombres o mujeres., los primeros vástagos de la mente de Eru, llamado también Ilúvatar. Ilúvatar les dijo que cantaran, y cada uno lo hacía de una manera distinta, porque cada uno de ellos comprendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la cual había sido concebido, de forma que les costaba comprender el canto de sus hermanos, pero poco a poco fueron aunándose en una sola melodía armoniosa. Ilúvatar convocó entonces a todos, y les dijo que cantaran un tema, y mientras, él se sentó en su trono dispuesto a escucharlos. Los Ainur empezaron a tocar la música más armoniosa jamás escuchada, sin embargo, a medida que el tema evolucionaba Ilúvatar escuchaba algunos fallos, y es que Melkor, el más sabio de todos, empezó a entretejer algunos motivos de su propia imaginación en la música que Ilúvatar le transmitía, en un intento de acrecentar la belleza de la parte que a él le tocaba.

Poco a poco Melkor introdujo sus discordancias, y algunos de sus hermanos comenzaron a vacilar, hasta que las melodías diáfanas de un principio empezaron a sonar violentas, y la música alrededor del trono de Ilúvatar se transformó en una tormenta colérica. Ilúvatar se incorporó por primera vez, y levantando la mano izquierda creó un nuevo tema, que luchó contra el de Melkor, y como éste seguía y seguía intentando sobreponerse a Ilúvatar, algunos de sus hermanos dejaron de cantar, desanimados. Ilúvatar se volvió a levantar y alzando la mano derecha reforzó su música con otro tema, adoptando una posición menos benévola que al principio, mientras la música de Melkor intentaba ahogar a la de Ilúvatar. Pero a pesar de los intentos de Melkor todas sus discordancias eran usadas por Ilúvatar en su propia música, usando cada nota discordante de Melkor para reforzar su propia gran melodía, hasta que finalmente Ilúvatar se incorporó por tercera vez, con un gesto serio y amenazante, y con un último acorde tan penetrante como su mirada, hizo que la música cesase por completo. Ilúvatar habló entonces, y comunicó a los Ainur que les enseñaría su creación, les enseñaría la música que habían compuesto, hecha materia, les enseñaría el fruto de su propio pensamiento, pues todo ya había sido imaginado por él.

Entonces los Ainur vieron un globo que se sostenía en el Vacío, y que parecía tener vida e historia propias, pero lo cierto es que eran todo pensamientos de Ilúvatar, de los cuales pueden saber muchos, pero no todos. Era un mundo hecho de hierro, piedra, oro, plata y otras muchas cosas, pero lo que más gustó a los Ainur era el agua, en cuyo movimiento todavía podía escucharse la Gran Música. Vieron la llegada de los Hijos de Ilúvatar al mundo, y cómo ese mundo iba cambiando de edad en edad, porque surgen nuevas cosas en cada edad que no estaban anteriormente. Melkor contempló el fruto de las tres canciones, y vio a los Primeros Hijos de Ilúvatar y a sus seguidores, es decir, Elfos y Hombres, y fingiendo querer ir a la tierra para ordenarla en beneficio de ellos lo que deseaba era ir y corromperlos, y ser llamado Señor. Cada Ainur fue entonces instruido como conservador y sabio de una materia: Ulmo fue aquel Ainur a quien más cautivó el agua, por lo que Ilúvatar le instruyó más que a ninguno en música; Manwë fue el que más reflexionó sobre los vientos y el aire; y Aulë fue el más sabio sobre la tierra, casi tanto como Melkor, pero sin la obsesión por poseer y acrecentar su poder.

A pesar de que lo que vieron era solo una visión, los Ainur se enamoraron tanto de lo que veían que Ilúvatar hizo realidad esa visión, y algunos de ellos, los más poderosos, dejaron su sitio junto a él y descendieron a la tierra, aunque se les impuso la condición de que sus poderes quedasen sujetos a ella para su conservación hasta el fin: esos Ainur pasaron a llamarse los Valar. Pero cuando llegaron se dieron cuenta de que lo que habían visto todavía estaba por hacer, y solo era un esbozo, por lo que se pusieron a trabajar. Melkor también partió hacia la tierra, y deseoso de tener en su poder ese reino aún en llamas lo reclamó para sí, y luchó contra los Valar. Pero desistió ante el poder de todos ellos, y se retiró a regiones lejanas en las que poder llevar a cabo sus propósitos.

Los Valar convocaron entonces a muchos compañeros, algunos menores y otros tan poderosos como ellos, para trabajar en Ëa y apaciguar las discordancias. Los Valar tomaron formas de ese mundo, con vestiduras y formas muy hermosas, similares a los Hijos de Ilúvatar, de hombre o mujer según su personalidad, y como Melkor les envidiaba, hizo lo mismo, pero su personalidad se materializó en una forma pavorosa y terrorífica. Así descendió sobre la tierra de nuevo, deshaciendo todo lo que los Valar preparaban para la llegada de los Hijos de Ilúvatar, aunque no todo lo que hicieron los Valar fue en vano, y la tierra finalmente se desarrolló.

BIBLIOGRAFÍA Y RECURSOS

FOSTER, Robert (1999): Guía completa de la Tierra Media (A-G), Minotauro, págs. 23-25, 29-31, 161-163, 165-166, 171-173, 179, 215-217, 226-230.

FOSTER, Robert (1999): Guía completa de la Tierra Media (H-Z), Minotauro, págs. 265-267, 268,269, 294-296, 311, 361-363, 433-437, 444-449, 519.

SEGOVIA COBO, Rubén (2017): La música de una trilogía: El Señor de los Anillos, Universidad Politécnica de Valencia, Gandía, págs. 12-39, 44-47.

TOLKIEN, J.R.R. (1987): “Ainülindale: La música de los Ainur”, en El Silmarillion, Minotauro, Barcelona, págs. 13-23.