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Haciendo las américas

La Reina del Oeste

por Lola Romero (Houston)

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He visitado estos días pasados Cincinnati, una ciudad “de provincias” por decirlo de alguna manera, en el norte de Estados Unidos. O bastante al norte comparado con Texas, aunque se la considerara hasta bien entrado el siglo XIX la “Reina del Oeste”, porque era una ciudad fronteriza al no haberse formado todavía estados como las Dakotas o Colorado. Hoy, sin embargo, está lejos del Oeste, y descansa más bien en medio del país, justo en los límites de los estados de Ohio, al que pertenece, Kentucky e Indiana.

Cincinnati no es una ciudad grande, ni muy espectacular, pero sí que se respira algo de historia en sus calles, con algunos edificios de mediados del siglo XIX, y cierto pasado de riqueza y abundancia. Y digo pasado porque hoy es más bien la decadencia lo que da la pista de lo que fue y se perdió hace tiempo. Hace falta mucha restauración y bastante limpieza en la ciudad...

Aun así, me han sorprendido gratamente algunos hitos o “marcas históricas” que dicen los americanos para referirse a sus monumentos reconocidos oficialmente. Como por ejemplo el Puente Roebling, en su día el puente suspendido más largo del mundo, y cuyo diseñador fue el ingeniero John A. Roebling, el mismo que años después firmaría el famosísimo Puente de Brooklyn en Nueva York. Si te fijas, hay ciertas similitudes, y por eso en Cincinnati presumen de que la construcción de su puente sirvió de modelo y prueba para el neoyorquino.

Además, el barrio Over-the-Rhine reúne la mayor muestra de arquitectura decimonónica de estilo italiano y alemán de todo Estados Unidos, y edificios como el Music Hall, de reminiscencia veneciana, impresionan por casi parecer fuera de lugar en esta ciudad medio perdida y, desde luego, nada habitual como destino turístico.

También desentonaba, o eso me pareció a mí, el hotel en el que nos alojamos, el Netherland Plaza, construido en los años 20 y todo un ejemplo de Art Déco bastante bien conservado. De las habitaciones mejor no hablo (limpias, pero viejísimas), pero el vestíbulo y la zona del bar y restaurante eran impresionantes: madera con apliques dorados, motivos florales, mosaicos y pinturas dignas de un establecimiento de lujo y categoría, mucha categoría. Me sorprendió realmente que no se haya usado nunca ese escenario en ninguna película...

Sin embargo, aunque es evidente que la ciudad tuvo tiempos mejores, todavía hay unas cuantas empresas importantes que tienen su sede en Cincinnati, como la multinacional Procter and Gamble, fabricante entre otros productos de los champús H&S o Pantene, el detergente Ariel, el Vicks Vaporub y un larguísimo etcétera que, seguro, se puede encontrar cada día en los lineales de los supermercados españoles.

Lo que me ha parecido reseñable es cierto interés por la cocina europea, quizá heredado de la presencia alemana e italiana en los primeros años desde su fundación. Hemos comido estupendamente y se adivinaba cierta vanguardia culinaria que, una vez más, contrastaba bastante con la ciudad en sí.

Supongo que es de esos sitios a los que no volveré, pues como he dicho, ni es muy turística ni está cerca de nada para hacer una parada en la ruta hacia otro lugar, pero ha merecido la pena descubrir Cincinnati, aunque sólo sea por los contrastes. Y por el “Beef Tartar” (Tartar de ternera), o el pollo “Amish” del restaurante Boca. Quizá piense volver, después de todo…

Foto: Os dejo una vista del Puente Roebling, a ver si encontráis las semejanzas y las diferencias con el de Brooklyn… (Lola Romero)