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Estreno en Royal City

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El bazar de las sorpresas ()

Director: Ernst Lubitsch

Intérpretes: James Stewart, Margaret Sullavan, Frank Morgan, Joseph Schildkraut, Felix Bressart, William Tracy, Sara Haden, Inez Courtney, Sarah Edwards, Edwin Maxwell, Charles Halton, Charles Smith

Sinopsis: Alfred Kralik es el tímido jefe de vendedores de Matuschek y Compañía, una tienda de Budapest. Todas las mañanas, los empleados esperan juntos la llegada de su jefe, Hugo Matuschek. A pesar de su timidez, Alfred responde al anuncio de un periódico y mantiene un romance por carta. Su jefe decide contratar a una tal Klara Novak en contra de la opinión de Alfred. En el trabajo, Alfred discute constantemente con ella, sin sospechar que es su corresponsal secreta.

Crítica de José Luis Vázquez

Valoración: 5 estrellas

¿Recuerdan la agradable y simpática TIENES UN E-MAIL protagonizada por Meg Ryan y Tom Hanks? Pues venía a ser un “remake” un tanto libre y convenientemente actualizado de EL BAZAR DE LAS SORPRESAS (THE SHOP AROUND THE CORNER), obra maestra fechada en 1940 y uno de los títulos fundamentales de la comedia sentimental de todos los tiempos.

Según su genial director, Ernst Lubitsch, todo un maestro del género, era su película favorita. Rodada entre la igualmente imprescindible NINOTCHKA y LO QUE PIENSAN LAS MUJERES, tal vez es su obra menos mordaz, incisiva e irónica, aunque al igual que sucedía con su adelantado discípulo Billy Wilder, creo que tras esos registros y esas máscaras que solían manejar,  latía un corazón de elevadísimas y hasta desesperadas dosis románticas. Han sido bastantes además, creo que acertadamente, los que en este caso lo han tildado como el más “capriano” de todos sus trabajos. Se puede advertir por ejemplo en la manera en que está descrito un capitalismo paternal y amable.

También es palpable en la ternura, alegría, simpatía y diversión con la que están contemplados sus personajes, desde la pareja protagonistas, Alfred Kralik (un siempre impresionante en su naturalidad James Stewart) y Klara Novak (Margaret Sullavan), hasta un nutrido  grupo de secundarios encabezados por  Ernest Bressart y Joseph Schildkraut, este último tal vez el más áspero de todos ellos.

El asunto aparentemente es leve pero con carga de profundidad, dos empleados de una tienda que no se soportan, establecen una relación epistolar desconociendo el uno la identidad del otro. No fue por tanto nada insensato que cuando se hizo la nueva versión se ambientara en las incipientes redes sociales que estaban comenzando a brotar, pues son conductos a través de los que uno se puede enamorar fácilmente de una persona, sin reparar tantas veces en quienes tenemos al lado. Un signo de estos tiempos que, como se puede comprobar en esta visionaria y plenamente vigente producción Metro, ya había tenido este antecedente 75 años antes.

Precisamente la frescura, la vitalidad que sigue desprendiendo continúa asombrando hoy en día. Y eso que la película carece de exteriores y sería  rodada íntegramente en estudio, más concretamente en un gran decorado perfectamente diseñado, que es en donde transcurren laboral y soñadoramente la vida de estos seres ahítos de un poco de amor e ilusión.  De hecho, para mayor veracidad, se solicitó un inventario de existencias de artículos de una tienda del antiguo Budapest, para así ambientar con el mayor rigor posible ese bazar del título que se acaba erigiendo en el verdadero centro neurálgico de la historia. Todo un alarde de cómo manejar la cámara con enorme desenvoltura en un espacio relativamente reducido.

Seguramente aún disfrutarán hoy en día con sus fluidos y adorables diálogos (“usted y yo estaremos en la misma habitación, pero somos de planetas diferentes”): con esa sátira social que subyace tras sus imágenes, tanto para poner en solfa la precariedad laboral,  los prejuicios clasistas o los convencionalismos sociales y, desde luego, con esa sabia mezcla de humor, drama diluido y romance.  

Y aunque toda la película es un dechado de secuencias portentosas,  elijo dos significativas. Una la del apartado de correos, en la que no se puede expresar con más talento todo un abanico de sentimientos o emociones, que van desde la esperanza, la desazón o la incertidumbre hasta el temor. La segunda es la referida a ese clavel en la solapa. Ambas constituyen un perfecto resumen de ese maestro de lo elíptico y de lo sugerente que era Lubitsch, ese que tantas veces contaba tantísimo en tan escaso tiempo, ese que utilizaba como nadie los fuera de campo o las puertas como elemento sugerente de lo que sucedía tras ellas.

Destacar por último que quiso dedicar esta maravilla a los dependientes de las tiendas del Berlín de principios del siglo XX, la que había sido la profesión de sus padres.

 

José Luis Vázquez