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Diario de un Cinéfilo Compulsivo

 

Jueves, 13 de febrero

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Foto: Dora Madison en Bliss/Bliss

-El tercer estreno de la semana es, sencillamente, infumable… Pero no quedaba otra que lidiar con el mismo. Qué alivio cuando desalojo la sala y vuelvo a respirar en el exterior. Casi me olvidaba, lo cual casi sería mejor, su título es –grábenlo bien pero no por aspecto positivo alguno- BLISS (BLISS), tan breve como su recuerdo en mi memoria:

Me reconozco incapaz de apreciar tantas moderneces que asoman por la cartelera en los últimos años del tipo de MADRE (la de Aranofsky), THE SQUARE, las recientes SUSPIRIA y EL FARO y ahora ésta, BLISS… los ejemplos son interminables. Igual va siendo hora de retirarme a mis cuarteles de invierno… y miren que pongo voluntad –en buena parte conseguida- por adaptarme a los nuevos tiempos. Claro que este tipo de proyectos con ínfulas siempre han existido y en algunas épocas –finales de los 70 principalmente- resultaban verdaderamente asfixiantes… estoy pensando en los Godard, el Pasolini de largo cuño y un amplio etcétera… de los que hoy apenas queda el recuerdo… salvo para contados aficionados.

Lo que en mí en otros tiempos era cierta disposición y neuronas relativamente receptivas, ahora supone bloqueo completo. Y me vuelve a suceder con esta cosa de la que no cuestiono –es que ya no es eso- su capacitación técnica sino mi manifiesta imposibilidad para cogerle la gracia horrenda… nunca mejor dicho.

No sé si estoy ante una conveniente y agresiva puesta al día de EL RETRATO DE DORIAN GRAY, una orgía sanguinolenta apta para quien corresponda que puede ser cualquiera… no sé lo que veo, la verdad, desconecto al poco tiempo de comenzada su proyección.

Leo en alguno de mis colegas que sus referencias se encuentran en el cine de Panos Cosmatos (glup!) y Claire Denis, pero tampoco me muestro capaz de reconocerlas. Me parece una marcianada de mucho cuidado, excesiva hasta lo indecible.

Desde el mismo instante en el que me muestro seriamente afectado tras su interminable finalización, la acabo postulando, pasa a competir en la lista de las películas más insufribles (ni mala ni buena ni tibia… sencillamente insoportable) en el mes y medio que llevamos de 2020.

Eso sí, posee una virtud, su breve duración, apenas 80 minutos, pero claro relativa, pues me embarga la inevitable sensación de haber perdido un valioso tiempo… y esto es algo que con el paso del mismo valoro indeciblemente.

Mejor no sigo, porque me noto empanado para abordar esta reseña. Y es que si ya de jovencito me sucedía, ni les cuento ahora lo nada que me apetece hablar de películas tan –en todos los sentidos- feas y desagradables como ésta. Y me ratifico en las permanentes muchas ganas que me embargan de estar permanentemente hablando y escribiendo de las que me gustan… de maravillas renovables como JENNIE, EL ÚLTIMO VALLE, CENTAUROS DEL DESIERTO, EL TROMPETISTA, MATAR A UN RUISEÑOR, MILLION DOLLAR BABY, CON FALDAS Y A LO LOCO, VÉRTIGO… ya saben, naderías de este tipo.

Ustedes verán… pero luego no vayan a ir a solicitar el libro de reclamaciones, pues avisados quedan.

-Llenazo en Los Jueves al Cine para ver ADÚ (ADÚ), una más que atractiva y –casi no podía ser de otra manera- dura propuesta sobre la inmigración vía vidas cruzadas. La primera producción española que aterriza en estas sesiones en 2020:

Tenía mucho interés en ver la segunda película como director de Salvador Calvo, pues su debut hace poco más de tres años con 1898: LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS me sorprendió gratísimamente. Y la verdad es que no solo no me defrauda, sino que mantiene y justifica las buenas maneras mostradas en aquella estupenda propuesta de aventuras a la vez revisionista –el término me escuece un tanto, me resulta antipático, pero supongo que es necesario- de nuestra historia supuestamente –seguramente también sí… pese a los pesares- gloriosa.

En ADÚ, Calvo, amparado en un respetable despliegue de producción, acude a la realidad más inmediata, a esa de telediario o informativo si quieren, que estamos viviendo. Y lo hace al estilo del mejicano González Iñárritu en la formidable –para mí, sin duda, su mejor y más redondo trabajo hasta la fecha- BABEL. Cruzando tres historias que solo puntual o tangencialmente coinciden, o se tocan (ese jeep de Tosar que pasa por delante de los hermanos), pero que finalmente conforman un intimista fresco de las diferentes ramificaciones que tiene tan ardua y dolorosa cuestión... la de la inmigración desesperada.

La principal, la que protagoniza el crío que da nombre a la película, seguramente será la que llegue más a todos. Como aquí el que tiene que pringarse soy yo, afirmo rotundo que participo de esa impresión que podría ser generalizada, algo siempre arriesgado de decir o proclamar en nombre de quien sea… vamos, eso de hablar en nombre de los demás (muy propio de los políticos… y ya no digamos si se apellidan infaustamente Torra).

Posee ese arco principal una veracidad, un sonar todo a auténtico aunque no se conozcan a fondo ni en superficie los personajes o lugares descritos por quien esto firma, que le confiere una notable singularidad. También me gusta la que protagoniza Luis Tosar con una hija rebelde y con la que no se entiende ni poco, ni mucho, ni casi nada (muy bien Anna Castillo, actriz cada vez más consolidada)... y que consigue un remate plausible.

Y luego está la tercera, la del guardia civil de frontera melillense que es la que puede que en algún momento cojee un poco, porque es donde más  se advierte la soflama, la consigna. Creo sinceramente que debería haberse pulido un poco más. Los actores no son, por supuesto, en este caso responsables de esta leve o no en exceso importante flojedad, pues tanto Álvaro Cervantes como su antagonista Ana Wagener dirimen más bien con los papeles con los que les toca pechar… hay cruces de miradas entre ellos o con saltadores de vallas que no están nada mal.

Pero por encima de algún pequeño reproche como este, lo que vuelvo a advertir con este segundo trabajo es lo bien que sabe filmar Calvo, su destreza para organizar las secuencias, su pericia técnica vaya. En eso entronca con su coetáneo Fernando González Molina (PALMERAS EN LA NIEVE, EL GUARDIÁN INVISIBLE), otro profesional que se pone al servicio de las historias que tienen entre manos. Como otrora, en tiempos del Hollywood dorado hicieran o perpetraran –palabras mayores claro, no resisten la comparación, pero tampoco hay porque hacerla- cineastas mayúsculos como William Wyler o Sam Wood, por poner los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza.

Modula adecuadamente tanto el carácter epopéyico o épico como el más intimista, el duro como el ternurista sin hacer alarde de ello, mostrando en todo momento un oficio que le viene de perlas tanto a la propia narración como a esta actual cinematografía española meritoria, bien valorada incluso, pero necesitada de un apuntalamiento de su industria. Muy buena ambientación y localizaciones por otra parte, en consonancia con lo anteriormente expuesto.

Me da en la nariz que es de ese tipo de proyectos bien resueltos que captará a amplias capas de espectadores. Al tiempo. Y siento de verdad ejercer de oráculo de nuevo… qué manía, se me habrá pegado de ver tanto debate político.