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Ya no hay tiempo para lo superfluo

Martin Scorsese, director de cine, Premio Princesa de Asturias de las Artes 2018

Diario de un Cinéfilo Compulsivo

 

Miércoles, 10 de octubre

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Foto: Ewan McGregor y Winnie the Pooh en Christopher Robin/Christopher Robin

-Cae el quinto estreno del fin de semana (también en este día veo el sexto y último, pero de ese otro, EL REVERENDO, muy interesante, daré cuenta en la sección de mañana jueves), también de procedencia estadounidense y con el casi siempre infalible sello Disney como garante de unos mínimos de calidad o entretenimiento. Es CRHISTOPHER ROBIN (CHRISTOPHER ROBIN):

“Los sueños no son gratis, nada es a cambio de nada” (Ewan McGregor)

 

Primorosa ambientación para una amable, esforzada, inocua y algo pesadita producción entre infantil, ensoñadora y reflexivamente adulta que mezcla personajes reales con otros animados, sin ir más lejos pueden encontrarse con el popular osito Winnie the Pooh o con Piglet.

Supone la enésima apuesta en reivindicar al niño que llevamos dentro, en no olvidar cuando uno se hace adulto y tiene hijos de que estos necesitan el mismo afecto y presencia que aquellos pudieran reclamar en su momento… y etcétera, etcétera. En lo esencial, nada que no haya sido postulado, pontificado o proclamado en decenas de obras literarias y cinematográficas, comenzando por la casi fundacional de James M. Barrie, PETER PAN (curiosamente el firmante de esto lo fue también de una biopic en torno a este escritor, la preciosa DESCUBRIENDO NUNCA JAMÁS).

Aquí lo que se cuenta fundamentalmente es la historia de un adulto –un ajustado Ewan McGregor-, padre de una niña a la que tiene postergada –también a su esposa- por su enfrascamiento laboral. Esto sirve a sus guionistas (entre el terceto que conforman el equipo se encuentra un siempre sorprendente Thomas McCarthy, autor del de UP y director de las estupendas VÍAS CRUZADAS, THE VISITOR, WIN WIN y la oscarizada SPOTLIGHT) para reclamar cierto –si se me es permitida la expresión- humanismo social (no deja de ser simbólico o revelador que McGregor trabaje en una compañía de un elemento muy importante para poder viajar) y la recuperación de la inocencia.

Hay un interés evidente en reivindicar el ocio y los afectos, principalmente hacia quienes nos son más próximos, con quienes tenemos contraídas obligaciones familiares, lo que pasa es que hay momentos en que los peluches parecen tener más arrastre y prédica que los adultos, lo cual lastra un tanto el discurso.

Además, su ritmo es un tanto apelmazado, ralentiza en algunas ocasiones las situaciones, lo cual provoca que se sitúe borde del aburrimiento. Finalmente, su director, Marc Forster, un curtido y hábil profesional en afrontar este tipo de empresas, consigue solventar a base de oficio este lastre, esgrimiendo muy buen gusto decorativo-visual. No logra esa maravilla que pudo haber sido, pero salva decorosamente los muebles y la película se sigue sin mayor reparo, también sin el entusiasmo al que perfectamente podía haber dado lugar… por muy trillado que se encuentre a estas alturas su asunto principal.

La contemplo con agrado, aunque no me deja una especial huella.

Frase:

“No hacer nada siempre conduce al mejor de los algos”