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Una doctora de verdad

por Ignacio Gracia

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El domingo acabé de leer el libro de Pérez Reverte sobre El Cid. Una de sus frases dice que hay personas cuyo recuerdo es más grande que el de toda una nación. Por eso quiero contar hoy una pequeña historia sobre una reciente doctora. Se llama Irene Álvarez y os puedo relatar esto con razonable objetividad, porque la conozco de mi laboratorio aunque no soy su director. Lo primero, comentar que esto va de un doctorado de verdad. De los que cuestan, de los que cuentan, y por supuesto de los que forman. De unos cuatro años de media, no de una búsqueda rápida en el rincón del vago.

Para los que tengáis curiosidad, el título de doctor en ciencias es algo más que emplear cuatro años en una labor investigadora, recibiendo un sueldo a cambio de hacer experimentos que se pueden baremar en base a un número de publicaciones en revistas científicas. El doctorado es una labor formativa, una especie de sacerdocio que imprime carácter. Te capacita para afrontar labores de investigación en diferentes ámbitos, en la empresa privada, por ejemplo. Ser capaz de encarar desde cero una temática, abordarla teniendo en cuenta toda la información previa existente pero tomando decisiones maduras. Plantear experimentos ajustados, razonables, posibles, BARATOS. Que permitan sacar conclusiones irrefutables, analizadas con objetividad y solvencia. Ser capaz de ordenar el trabajo para comunicar, transmitir y enganchar al que le cuentas tu historia, avanzando en la ciencia con la responsabilidad de que los resultados sean prácticos, valiosos para la sociedad. Y si, escribir una memoria y artículos en inglés que serán censados por revisores anónimos. Finalmente, al acabar el proceso se será capaz de repetir este proceso de forma independiente. Solo, o sola en este caso. Eso asegura la autonomía y la pericia que te acompañará el resto de tu vida en las labores que abordes. Comparad ahora con otras tesis de mentira y llorad.

Por supuesto esto no es un camino de rosas, ni llega la inspiración de repente en forma de paloma como el Espíritu Santo. Esto es un rosario de dificultades, creedme. Y hay personas con más dificultades que otras, os lo juro. Irene es una de ellas. Pero como decía El Cid cuando le daban noticias de que los enemigos les doblaban o triplicaban en número: a más moros más ganancia.

Porque los que lidian más dificultades son los que más aprenden, también en este trabajo. Irene es una chica callada, reservada. Y para una persona honesta, verse rodeado de la presión de gente que publica una barbaridad en temáticas ya asentadas y lucrativas no es fácil. El asunto de los dineros, como siempre. Porque cuando inicias una temática tienes q partir de cero, aprender técnicas, montar equipos en vez de usar los que ya han producido varías tesis; sencillos y que funcionan como máquinas de hacer churros. No, los valientes abren camino, con dificultades técnicas y científicas.

Y generalmente el resultado de las incursiones para abrir sendero científico, como también fue mi caso, es desastroso al principio; o lo parece porque te comparas con aquellos. Personalmente sé lo que es sentirme fatal y echarme primero a mí la culpa y luego a la justicia divina que reparte mal las temáticas, los diseños, los grupos y los fondos. Pero hay que tener valor para agachar la cabeza como hizo Irene y seguir trabajando. Sobre todo cuando justo al comenzar la tesis tienes una gran ausencia. La vida.

Y es humano vacilar y jurar y perjurar en esos malos momentos. Podéis adivinar porqué lo conozco tan bien, vamos, de primera mano. Por eso me doy cuenta de que Irene es especial.

Llama la atención que siendo tan callada sea capitana de un equipo de rugby, eso me dio una buena espina desde el principio, porque esas cosas no son gratuitas. Hay gente que habla mucho al calor del fuego o hace bonitos brindis al sol, pero que en los momentos de la verdad se raja. Y en esas ocasiones hay personas calladas que tiran del carro, pese a que hasta ese momento pasaban desapercibidas. Esos son los auténticos líderes. Efectivamente, al igual que en el deporte, he visto a Irene tirar del carro cuando vienen mal dadas. En los momentos de histerismo organizando un congreso, cuando debes hacer una cosa y al rato la contraria, arrimando el hombro y haciendo piña. Sin rechistar. Por el grupo. Y acabar una tesis por amor propio, con la fe ciega de las grandes personas. De una forma más que brillante. Integrando a gente de diferentes temáticas, con unos resultados extraordinarios, coherentes, imaginativos, y prácticos. Y escribiendo todas y cada una de las palabras de la memoria por su cuenta, de los artículos. Eso es madurez. A eso es a lo que me refería.

No estoy es posición de criticar a aquellos a los que les escriben los artículos o las tesis, aunque siempre serán más productivos los jodidos. Algunos dirán incluso que esos adelantadillos son incluso mejores, porque tiene más productividad en artículos que no saben escribir ni analizar. Publicando en revistas que jamás leerá la décima parte de los lectores de este artículo, y no es broma. Para mi ellos no habrán aprendido nada, porque el doctorado no va de eso, repito.

También tiene mérito para Irene poner la guinda con una exposición brillante, más que brillante, deslumbrando al tribunal también con las respuestas. Aguantar incluso el chaparrón de alguna crítica pública como la hacen los líderes de verdad.

Personalmente estoy más que orgulloso de todos y cada uno de los doctores que he formado. Puede que no tanto de los medios disponibles y de lo justo de su situación comparativa, pero era lo que había. Y por todo lo dicho anteriormente, he de decir también que estoy orgulloso de Irene. Me alegro que pueda seguir trabajando con nosotros, será un buen fichaje para el grupo. No hay nada más que ver la enorme cantidad de personas que vino a la comida de celebración. Los mismos que siguen a un líder al destierro o al mismísimo infierno. Porque como dijo Pérez Reverte de un gran hombre, hay personas cuya labor (la que luce y la otra, la importante: la que pesa) se recordará más que algunos departamentos.