jueves, 24 de octubre

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Ser un poco Sancho no te saca de ser Quijote

Juan José Campanella, guionista y director de cine

Barricada Cultural

 

El amor más grande

por Fernando Aceytón Sorrentini

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Cae en mis manos un reportaje publicado en un diario económico dedicado a las aperturas anuales de nuevos restaurantes. ¿O deberíamos decir de negocios de hostelería? Porque todo lo que leo se refiere a montajes de negocios que tienen como excusa la gastronomía, y que están protagonizados por los llamados “grupos”. Sociedades mercantiles conformadas por un conjunto de personas, no todos con relación con el mundo del dar de comer, que buscan una manera de rentabilizar su inversión de forma rápida y segura, o al menos eso pretenden. Con nombres simpáticos, ingeniosos, exóticos o en ocasiones directamente ridículos, estos negocios se caracterizan de unos años a esta parte por unas líneas comunes que constituyen el manual del buen restaurante pijito de moda: locales normalmente de dimensiones respetables, decoración espectacular, cocina fusión de vuelo bajo, gente guapa y llenos diarios. Lo más sorprendente es que cada uno de esos grupos tiene abiertos distintos locales, hasta conformar una cadena. Ya lo he dicho en otras ocasiones: no me busquen en esos sitios, que, por supuesto, no voy a publicitar aquí; tendrán que descubrirlos por sí mismos. Tan sólo un consejo: huyan de ellos como de la peste. Lo realmente preocupante es que los buenos, los grandes chefs, los majors, los fetén, en suma, van sucumbiendo a la citada tendencia. Los buenos restaurantes, las grandes casas, son únicas. En cada una de ellas oficia un tipo con talento y con talante. Y punto. Me parece maravilloso (¡faltaría más!) que cualquiera con aptitudes y actitud pretenda mejorar su peculio y masajear su ego, pero el ojo del amo engorda al caballo. Las asesorías a distancia, sólo son eso, asesorías. Una segunda casa, cercana y más sencilla, es la opción más elegida entre los grandes. Sacha o Horcher no tienen sucursales.

En 1966 Claude Lelouch dirigió a Jean Louis Trintignant y Anouk Aimée en la mítica Un hombre y una mujer. Melodrama romántico que marcó época y estética en una húmeda Normandía, con la fría y elegante costa de Deauville como telón de fondo. La historia de amor entre dos jóvenes viudos (un amor fulgurante, enorme y, como todos los grandes amores, a la postre, fallido) con música del gran Francis Lai (fallecido el pasado noviembre y autor asimismo de otra maravillosa banda sonora, la de Love story) ha quedado congelada en la memoria sentimental de los amantes del cine durante cincuenta años. Ahora, Lelouch se ha atrevido a tocar su film seminal y sagrado con Los años más bellos de una vida, película en la que vuelve a contar con los dos protagonistas y que ha sido rodado en cuestión de días debido a la salud de Trintignant, que cuenta ya con 88 años y estaba retirado. Como curiosidad hay que señalar que se ha logrado reunir al mismo equipo 50 años después. Hasta el referido Lai compuso la música meses antes de fallecer. Como señala Gonzalo Núñez: Los años más bellos de una vida es el tributo, modesto en términos cinematográficos pero muy emotivo, que una generación de creadores de cine se hace así misma.

Y hablando de amor, del bueno, del de verdad, recomiendo la lectura de La peor parte, del grandísimo Fernando Savater. El soberbio canto a la vida de un hombre deshabitado por la pérdida del amor de su vida hace cuatro años. El futuro arrebatado. No hay más que decir.

El vino recomendado esta semana es un Somontano de una bodega muy activa y emprendedora, El grillo y la luna; curioso nombre. El Hip Hop 2014, elaborado con Syrah y garnacha a partes iguales tiene una crianza de 13 meses en barrica de roble francés. Muy aromático, frutal y especiado, con un largo final.

Sigan con salud.