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Los fracasos te hacen más listo. Y el éxito, más tonto

Sylvester Stallone, actor

Barricada Cultural

 

El viaje a Siena

por Ignacio Gracia

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No nazcas todavía, Irene.

Aguanta un poco más. Debemos llegar a Siena. Debemos cruzar los muros de la ciudad antigua, los que cayeron hace siglos. La línea imaginaria que delimitan es hoy más clara que nunca. Un poco más, Irene. Cruzaremos los muros y serás Dragona.

El alfa romeo devora los kilómetros de la autopista norte-sur italiana. Es un viaje suicida, con los primeros dolores de parto, desde Salerno, a 600 km, hasta Siena. Hay que intentarlo.

―Si viajamos entre 140-160 km/h es posible―. Avanza, macchina, engulle la negra cinta de asfalto que nos separa de nuestro destino.

La línea discontinua de la autopista es un hilo que te acerca al objetivo. Una escala, un cable de salvación. Es tu único pensamiento, las imágenes veloces. Los postes fugaces que vislumbramos por las ventanillas marcan el compás de la cuenta atrás. Falta menos, llegaremos, Irene, llegaremos.

―¡Mierda, la gasolina! ―El aumento de velocidad hace que el depósito, siempre lleno en previsión del viaje, no sea suficiente para el trayecto. ―Hay que repostar, no llegamos.

Reposto rápidamente. Estoy empapado en sudor. Emmanuela, mi mujer, aguanta, estoica. Es lo que toca. Ninguno de los dos nació en Siena. Irene sí. Irene será Dragona.

Pago y subo al coche. El que espera detrás de mí se ha percatado de la situación y le da un codazo a su mujer, cerrando el pulgar sobre los dedos índice y corazón en ese gesto tan característico: Ma, che fa questo pazzo?, ¿Qué hace este loco?. La próxima salida de la autopista está a más de 80 Km.

La gente normal no entiende. Seguro que piensan que estoy mal de la cabeza o soy imbécil. Sin embargo, en Siena nada importa la opinión de los forasteros. –Tornatene a casa tua, Vete a tu pueblo, a tu ciudad. ¿Por qué vienes aquí? No intentes entendernos.

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El día siguiente, Rino, enterado del periplo de sus amigos para llegar a Siena, recibe la noticia del nacimiento de Irene. Antes de preguntar por la salud de ambos pregunta:

―¿Será Dragona?

El padre asiente, satisfecho. Rino será el padrino de Irene en la contrada del Dragón. Una lágrima recorre la mejilla de Rino, y sólo entonces pregunta si madre e hija están bien.

――― ~ ¤ ~ ―――

El Palio. Siena eclosiona. El olor a carne asada inunda la ciudad. El ruido, los colores, las banderas, lo empapan todo. La gente vive en la calle. Las contradas, las agrupaciones de los barrios de la ciudad antigua, celebran su fiesta.

La regla es clara: sólo se puede pertenecer a una contrada si se ha nacido dentro de los muros de la ciudad antigua y bajo la tutela de un miembro de la misma. Por suerte, la maternidad donde nace Irene está en el casco antiguo de Siena.

En la ciudad más anticlerical del mundo costumbres, odios, pasiones y prejuicios se han destilado durante siglos. De entre sus muros resuenan ecos de multitudes enardecidas, a veces susurros aprisionados en oscuros callejones que pugnan por liberarse e incendiar el mundo. La lucha entre la Iglesia y el poder público es encarnizada. Los grafitis blasfemos se superponen a las pintadas escritas con sangre de toro, en latín de mala ortografía, que aparecen por doquier en las excavaciones arqueológicas. El mayor ejemplo es la plaza mayor, donde se corre el palio. La iglesia, en forma de lanza, pretende atravesar el cielo. La plaza del ayuntamiento tiene forma de concha, para abrazar a los vecinos. La aguja de la cúpula del ayuntamiento, frente a frente a la de la iglesia, se eleva un metro por encima de ésta.

La batalla entre los barrios es el motor de la ciudad. En cada esquina, en cada casa los símbolos de la contrada se exhiben con orgullo: la tortuga, el jabalí, el dragón. El mayor éxito y la mayor ofensa: robar un símbolo enemigo, especialmente si está tallado en piedra en una rica fachada. Las peleas entre contradas son encarnizadas, como la vida cotidiana. Los jóvenes contrarios se golpean con barras de hierro para vengan afrentas sufridas entre tatarabuelos. De esta forma se genera una nueva afrenta que reclamará justicia, y permitirá que el alma de Siena perdure. Nadie muere, nadie delata. Todos aprenden. Siena vive. Es la ley.

En la ceremonia de incorporación se hace un bautismo pagano en una fuente del barrio. Pertenecer a una contrada implica obligaciones y responsabilidades. El padrino se compromete a prestar ayuda económica, apoyo, seguimiento y guía al apadrinado. De esta forma se crea una red social a nivel de barrio que suple con creces en valores o formación al estado y la Iglesia; un soporte que funciona como ninguna otra entidad dentro del caos.

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El Palio, cuatro de la tarde. La carrera más increíble del mundo está a punto de comenzar. Cada barrio compite con un caballo. Los jinetes, meros mercenarios prescindibles, son sorteados al azar. Dos vueltas a la plaza separan a un caballo y su contrada de la gloria. Una única regla: ningún caballo puede adelantarse en la salida.

Desde hace horas la multitud abarrota el entorno del anillo de arena. La gente se agolpa en las calles que confluyen sobre la plaza mayor. Siena es el centro de Italia y la locura del universo. Los colores y los gritos inflaman el aire, las banderas y pendones ondean por todas partes. La atmósfera es irrespirable.

Siena es de nuevo una ciudad medieval, con los mismos colores de hace siglos. Arremolinados en torno a la plaza, los miembros de cada contrada jalean a su caballo, a su barrio, a su ciudad. Algunos rezagados se abren paso a golpes entre los turistas –¿Qué hacéis aquí? Idos a vuestro pueblo―, reclaman, incapaces de entender.

Se acercan los caballos a la línea de salida. Los jinetes, conocedores de las posibilidades del caballo que les ha tocado en suerte, empiezan a establecer alianzas para comprar la victoria. Los forasteros no entienden. Los jinetes no forman en la línea. Se agrupan en corros y discuten. Esto no es una carrera, es el mayor espejo de la condición humana: los jinetes se venden sin pudor, todo está permitido. La arena, como la vida real, es un mercado.

Hay dos o tres caballos con muchas posibilidades. Los jinetes con monturas algo inferiores cobran por dejarse ganar, el resto por entorpecer a los favoritos. Está teniendo lugar una guerra sutil y despiadada. En lo que tarda un turista en fruncir el ceño y preguntar: ―¿Qué hacen?―, se han ganado escaramuzas, perdido alianzas, se cambia varias veces de bando y se juega a tres bandas blasfemando como dementes.

Se rompen los corros y se sitúan sobre la línea de salida. La carreara va a comenzar. Las gargantas rugen. Retiran la cuerda que contiene el paso. Preparados.

A propósito, un jinete se adelanta con paso rezongón mirando desafiante a uno de los favoritos. Salida falsa. El grupo pierde la formación, algunos caballos han arrancado siguiendo la inercia. Vuelta a empezar, sólo hay una regla. Ha comenzado la guerra de nervios.

Los turistas se mesan los cabellos con incredulidad y decepción. Los sieneses rugen. A algunos caballos les cuesta mantener la formación. Pierden posibilidades. Pierden valor. En la salida se compran y rompen alianzas de nuevo. El mercado vuelve a comenzar.

Segunda, tercera, cuarta salida falsas… Algunos caballos no aguantan la tensión. La tercera salida falsa no fue provocada, casi es válida. Esto ha hecho que casi todos los participantes tengan que recorrer una vuelta completa para regresar a la salida. Más cansancio, más nervios, menor valor.

Salida válida. Todo sucede demasiado deprisa, como en la vida misma. Los espectadores por televisión que han ido al baño se pierden las dos vueltas. Los gritos son ensordecedores. Hay caballos que resbalan en curva, descabalgan al jinete y continúan la carrera. Todo es válido, el que gana es el primer caballo que cruza la meta. El clímax: ha ganado la carrera el Dragón. Una marea de sieneses invade la plaza, desmonta al jinete a empujones y aclama al caballo y a la contrada vencedora.

Se abren camino entre el gentío como posesos y llevan a su campeón, tocado con la bandera del Draco, a la iglesia. Suben al caballo al altar y depositan el símbolo de su victoria: un pendón del Draco que permanecerá hasta el próximo palio. El vencedor, sabedor de su hazaña, relincha ufano como un dragón más.

Los festejos de la victoria acaban de comenzar. La cena será memorable. Con el caballo presidiendo la larga mesa, se come y se bebe como si no hubiese mañana. El vino y las lágrimas de alegría se derraman por doquier, celebrando el triunfo y recordando a los ausentes. Celebrando ser dragones. A los turistas distraídos, a los propios sieneses del extrarradio, se les recuerda, entre insultos cariñosos, que no pertenecen a ninguna contrada.

El alumbrado eléctrico y la luz de las teas dibujan una acuarela en la que las sombras se superponen, precisas, ocupando el lugar que desde hace siglos les corresponde. Junto al humo que lo envuelve todo y a los regueros de vino que discurren para ocupar su sitio, formando charcos oscuros al lado de los muros de piedra. Bajo el cielo estrellado al que los dragones contemplan desde siempre y que alberga, cabal, los cánticos, las blasfemias y los exabruptos.

Tal y como debe ser. Por derecho. Por pertenecer a la contrada, la sangre de Siena. Esta noche Irene berrea con fuerza en la cuna. Por derecho de ser Dragona

 

Foto: visittuscany.com