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La idea de belleza, tal cual existía en el siglo XIX, se ha evaporado

Aaron y Barbara Levine, coleccionistas de arte

Barricada Cultural

 

Hambre y vergüenza

por Ignacio Gracia

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Aunque muchos jóvenes no lleguéis a creerme, hubo un tiempo en el que se pasó hambre. Un tiempo terrible, y fue aquí mismo. Los que vivieron en aquella época hablaban poco, posiblemente porque después de contemplar el horror del que es capaz el ser humano ya no se es la misma persona. No perdían el tiempo en hablar en vano, porque tenían muy claras las cosas importantes de aquel infierno, y sabían lo que puede ocurrir cuando se alimenta un fuego con el peor combustible: palabras falsas, o verdades a medias, malintencionadas. Por eso el mensaje simple y unánime de muchos de aquellos labios era: “nunca dejes que esto se vuelva a repetir…”. Por desgracia hoy nadie se acuerda de los consejos de aquellos hombres y mujeres, pese a que, sin conocerlos, muchos se erigen en sus portavoces. Tienen grandes megáfonos mediáticos y poca cautela. Estos nuevos mesías se empeñan en abrir a martillazos la caja de pandora que enterraron bien honda nuestros abuelos, con la azada o arañando si hacía falta la dura tierra con sus manos llenas de callos. Para que no se volviera a repetir.

Respeto muchos de los silencios y de las verdades de aquella época. Incluso aquellas, que como decía Lorca, “si saliesen a la calle y gritaran llenarían el mundo…”. Por eso no las tomo en vano. Por eso hoy quiero hablaros de algunos episodios reales de hambre. En algún tiempo cercano, niños que hoy todavía viven y lo recuerdan con congoja, hicieron enormes y numerosas colas para pedir unos calcetines de lana. Todavía recuerdan que todas las veces regresaron con las manos vacías, triste recuerdo porque los calcetines eran para el hermano pequeño. Otro caso entre tantos es un vecino que iba al colegio en alpargatas, pero que en cuanto llegaba a casa su madre se las quitaba rápidamente para no desgastarlas. Así de dura era la posguerra, encima descalzo para ahorrar. Esto que algunos ni se imaginan es más surrealista -por veraz- que muchas de las historias inventadas en las películas.

Un hecho igual de triste fue vivido en mi familia materna. En mi pueblo había un chico con alguna deficiencia que vagabundeaba viviendo de la caridad de las personas. Pese a ser catalogado como tonto, porque iba a todos los sitios corriendo, era razonablemente bien vestido, le gustaba ponerse una raída corbata, estaba aseado y tenía ciertos modales. Habitualmente iba a pedir comida a la casa del señor cura, y lo lastimoso era que tenía que esperar a que la sirvienta le sacara las sobras -si las había-, para poder saciar su hambre. El caso es que mi tío Pedro, que tenía un corazón demasiado grande para tolerar injusticias –así le reventó al pobre-, un día se lo llevó a comer de improviso a casa de mi abuela. “no te preocupes, que hoy vas a comer sentado a la mesa como uno más”. Pues el chico, cuando se vio efectivamente uno más, cuando le servían a la vez que a todo el mundo, no pudo comer. Por vergüenza, por no molestar, por emoción o por sentirse inferior dado el triste hábito de comer sobras. Un ejemplo entre millones de anécdotas, a diario. Y por desgracia no exagero ni el número ni la frecuencia, echad cuentas los más viejos.

El gesto de aquel chico fue estúpido, equivocado, triste. Pero coherente con lo que pensaba, y en consecuencia extraordinariamente educado con su actitud, a su forma, cuando ni siquiera podía permitirse serlo. Cada una de esas renuncias, se fueron amontonando durante días y años en un enorme saco de arpillera que cubría este país de miseria. Para que la siguiente generación, y su sucesiva, tuvieran oportunidades primero en un país del primer mundo y luego en un país en paz y razonable bienestar. Hablo de progreso. Hablo de libertad. Por eso, estos días en los que olvidamos y hacemos olvidar lo que había en aquel enorme saco de arpillera recuerdo con pesar el mensaje más importante de mi abuelo: “nunca dejes que esto se vuelva a repetir…”. Y francamente, echo de menos a un líder, a uno solo, que aparque su egoísmo y se comporte como aquel chico en casa de mis abuelos, cuando no pudo comer por vergüenza.

 

Foto: infolibre.es