domingo, 24 de junio

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Los niños que se ensucian en el campo lidiarán mejor con la vida

Richard Louv, periodista y escritor

Barricada Cultural

 

El año sin verano

por María Delgado

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Tal y como vemos avanzar los días, parece que el calorcito y el buen tiempo no quieren llegar. Al menos así es por este noroeste fresco y húmedo donde vivo.

Yo soy una entusiasta del sol y las horas de claridad de esta época del año en que nos acercamos al solsticio de verano; así que estoy disgustadísima de no poder disfrutar todavía de ese maravilloso tiempo de un Junio “normal”, y no poder sacar a pasear la ropa de temporada por ahí.

Esperemos que esto sea pasajero. Ya sabemos que el clima anda muy revuelto en las últimas décadas. Pero confío plenamente en la llegada del estío, y que éste, como cada año, no nos decepcionará con sus largos días, su calidez y su luminosidad.

De todos modos, no puedo dejar de recordar que ya existió un “año sin verano”, que trajo consecuencias bastante desastrosas para los terrícolas de aquella época: fue el año 1816. Y sí, un momento muy alejado de supuestas manipulaciones humanas, o influencias perniciosas en el clima.

Ese año sin verano de 1816, también conocido como “el año de la pobreza”, registró graves anomalías climáticas, con un descenso de la temperatura de unos cuatro grados centígrados de media, que dio paso a un invierno severo, con una drástica disminución de las cosechas en el hemisferio norte, que fueron quemadas por la escarcha, con la consiguiente escasez de alimentos y hambrunas. En especial, en una Europa que estaba todavía recuperándose de las guerras napoleónicas.

La extraña conjunción que provocó esta trágica alteración del clima se debió a la mezcla de una caída en la actividad solar, así como a una serie de importantes erupciones volcánicas, destacando entre ellas la erupción del Monte Tambora en el año anterior, en la actual Indonesia, que produjo entre otros efectos, una importante reducción de la luz solar durante unos tres años. Un velo de finísimas cenizas cubría el planeta, reflejando la luz del sol. Resultó catastrófico, y trajo consigo meses de nieves y cosechas arrasadas.

En Norteamérica, bandadas de aves murieron congeladas en las calles, y numerosos rebaños perecieron de frío y de hambre. Los devotos dijeron que todo esto llevaba el sello de la ira divina, en castigo por los pecados de la Humanidad.

Aquí en España, el “año sin verano” registró muchas jornadas de frío intenso y tormentas de granizo. La población afirmaba que las temperaturas de Agosto eran más propias del mes de Abril que del estío. El Barón de Maldá habla incluso de una nevada ocurrida en el centro peninsular ¡a mediados de Julio!

En todo el planeta, las autoridades eclesiásticas ordenaron plegarias especiales, y los fieles abarrotaron los templos.

También hubo revueltas y manifestaciones cuando los precios de los víveres, en especial, del pan y de la leche, se dispararon por la escasez.

El historiador agrícola John D. Post calificó este enfriamiento del planeta como “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental.”

Como curiosidad, ese mismo año de 1816, varios escritores que veraneaban en una villa cerca de Ginebra, cansados del mal tiempo y las lluvias que les impedían disfrutar de sus vacaciones, empezaron a contarse historias de terror para entretenerse y pasar así las largas horas encerrados en la mansión. De estos relatos se concibieron ideas para las novelas “Frankenstein”, de Mary Shelley, o “El Vampiro”, de John William Polidori. Algo bueno tenía que salir entre tanta catástrofe.

Como os decía, ahora mismo también tenemos un clima extraño, producto de demasiados y complejos factores, que no viene al caso ponernos a analizar. ¿Podría darse otro año sin verano? Por poder, podría. Pero esperemos fervientemente que no sea así. Sería catastrófico; para la agricultura, para la economía, para la salud, e incluso para el optimismo humano. Nosotros, a nivel particular, no podemos hacer prácticamente nada por evitar las alteraciones climáticas. Esperaremos, eso sí, con los dedos cruzados, que llegue pronto nuestro veranito, y lo celebremos tomándonos un vermú en la terraza más recoleta de nuestro barrio. ¿Quién sabe? Tal vez después el buen tiempo se alargue, y gocemos como premio de un cálido y agradable otoño.

¡Nos leemos!

 

Foto: vozpopuli.com