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Barricada Cultural

 

El mejor partido de baloncesto de la historia

por Ignacio Gracia

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Fue a puerta cerrada. Sin cámaras, solamente los justos y algunos periodistas que relataron lo sucedido. Tuvo lugar en Barcelona, con ocasión de los juegos olímpicos del 92. Por primera vez en la historia Estados Unidos hace una selección entre sus profesionales de la NBA, el Dream Team. El auténtico. Magic, Bird, Jordan, Robinson, Ewing, Barkley, Pippen… Y Chuck Daly de entrenador (Coach K al que ya conocéis de esta sección también estaba en el equipo de asistente). El que faltaba. Jamás en la historia había habido tanta concentración de talento baloncestístico en una cancha. Decía el entrenador que eran como Elvis y los Beatles juntos. La expectación generada no tenía precedentes. Cuando llegó su vuelo y el autobús los llevaba al hotel pensaban que había ocurrido algo en la ciudad, un atentado o algo grave. Estaba llena de ruidos de sirenas, de toques de claxon. Lo que ocurría eran simplemente ellos. Este era el recibimiento que les deparaba la ciudad en representación del mundo que se ponía a sus pies.

Efectivamente los partidos del campeonato eran casi aburridos, no encontraron rival en todo el campeonato. Y esto era un problema para los jugadores y sobre todo para el entrenador. Aquel era un equipo de estrellas, de machos alfa. Para jugadores idolatrados en sus equipos, de los que jugaban 40 o más minutos, era difícil asumir jugar 3 o 4 solamente, y mirar al resto de compañeros desde el banquillo. Eran guerreros. La rivalidad entre los miembros del Dream Team hacía que saltaran chispas entre los compañeros. Jordan decía que no entendía cómo un viejo oxidado como Larry Bird podía estar en ese equipo; a lo que el desgarbado blanco, con sus andares de leñador, decía que no entendía cómo podía discutirle algo un chico que no asistía ni encestaba indistintamente con cualquier mano, desde cualquier posición, sin mirar, siendo empujado o con un hueso roto.

Chuck Daly, percatado de la situación, viejo zorro, supo enseguida lo que les hacía falta a estos chicos. Una buena pelea. Algo nada ortodoxo, por eso lo hizo a puerta cerrada. “¿Queréis ganaros la titularidad? Vamos a jugar entre nosotros para decidirla”. Y cuenta la leyenda que aquel fue el mejor partido de la historia. El nivel de lo que vieron unos pocos privilegiados superó todo lo que se había descrito hasta entonces, ni siquiera en las finales de los All Stars. Fueron dioses jugando a un deporte de hombres. Después de ajustar cuentas, de justificarse cada uno como el extraordinario jugador que era, tras bajar las pulsaciones no tuvieron sino que reconocer lo condenadamente buenos que eran los demás. Ya calmados volvieron a ser de puertas a fuera y para el resto del campeonato una piña, el martillo de Thor. La medalla, los aplausos, todo se lo esperaban y lo habían visualizado de una forma o de otra, era el guion establecido.

Pero lo que todavía resuena en los cajones de su memoria es aquel partido inesperado. Los pases de Magic sin mirar, de espaldas, al sitio donde debía estar su compañero si fuese tan rápido e inteligente para verlo todo como él. Los que no daba en los partidos normales para adaptarse al ritmo de los demás. Los que recibieron sus compañeros anotando con ansia en lo que parecía una película a cámara rápida. Resuena la increíble precisión, la perfección en tiro y pase de Larry Bird, pese al pequeño detalle de estar más limitado físicamente que el resto de sus compañeros y reventado de dolor desde hace veinte años. Resuenan los vuelos de Jordan, dibujando por vez primera en la cancha unas fotografías que acabarían siendo famosos logotipos de firmas deportivas. Aquella violencia, genialidad en estado puro, resaltaba sobre el silencio religioso de los escasos testigos, que contemplaban boquiabiertos algo que simplemente creían que era imposible.

Años después, con todos los avances tecnológicos en fisiología del deporte: alimentación, materiales o entrenamiento, los entendidos se plantean si el último Dream Team sería capaz de ganar al original. El análisis frío de los datos 25 años después inclina la balanza al equipo moderno, pero algunos periodistas que tuvieron la suerte de estar en aquella sesión privada de entrenamiento no pueden olvidar un partidillo de baloncesto, una pachanga en Barcelona, que todavía consideran el mejor partido de la historia.

 

Foto: elgrafico.com