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Aunque fracasen, lo que necesitamos son soñadores

Jonas Mekas, director de cine

Cine y TV

Intensa, volcánica, sensible (en homenaje a Terele Pávez)

Por José Luis Vázquez

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Foto: Terele Pávez en La celestina

Llego de madrugada a casa, después de ver el estreno de la semana, el infumable REY ARTURO: LA LEYENDA DE CAMELOT, asunto que abordaré a continuación de esta obligada y precipitada reseña (a estas horas tan inhabituales para la mayoría de los mortales por mucho que uno esté curtido el cansancio hace inevitablemente mella) en DIARIO DE UN CINÉFILO COMPULSIVO, y me encuentro con la triste noticia del fallecimiento de la actriz Terele Pávez como consecuencia de un derrame cerebral. Tenía 78 años.

Conocí personalmente a la –casi por casualidad- bilbaína, pues ella creció y se consideró siempre como madrileña, Teresa Marta Ruiz Penella, conocida artísticamente como Terele Pávez, con motivo de una pequeña entrevista llevada a cabo para la extinta y añorada por razones diversas cadena televisiva CRN, debido a la interpretación de la Celestina en el Festival dedicado a tan célebre personaje en la localidad toledana de Puebla de Montalbán. Que, curiosamente, suele caer por estas fechas agosteñas (concretamente del 17 al 26). Y cuya razón de ser, a partir de 1999, vino motivada por homenajear a Fernando de Rojas y a su pieza más célebre. Su característica principal es que la mayoría de las representaciones se celebran en cuevas. Ella ya lo había representado en 1978 para la escena bajo las órdenes de José Tamayo y en 1994 para la gran pantalla dirigida por Gerardo Vera, en una versión un tanto fallida, muy cuidada en la escenografía pero ida de fuelle en lo tocante a lo interpretativo, y no tanto por ella, que mantenía el tipo, sino por unos Penélope Cruz y Juan Diego Botto que provocaban más bien dentera.

Me encontré con una mujer vitalista, entusiasta y de gran fortaleza. Y ante eso que se suele denominar con buen tino como actriz de carácter. Lo que creo que siempre fue. También un alma frágil y delicada, algo de lo que me enteré por otros, pues su fortaleza exterior tal vez lo ocultara en exceso.

Mi idilio con su talento y su arte había comenzado muchos años antes con una de las indiscutibles obras maestras del cine español, LOS SANTOS INOCENTES. Su atrozmente resignada y enlutada Régula, al igual que el bondadoso Paco el Bajo o el candoroso Azarías, no la podría olvidar jamás ni aunque quisiera, salvo que el devastador Alzheimer o la demencia senil se acabaran algún día apoderando de mí… algo que nunca se sabe. La desolación, la miseria, la pobreza, el dolor, la rabia contenida, la desesperación que emanaban de esa criatura maltratada reiteradamente por la vida y por señoritos bárbaros, cortijeros y sin compasión alguna, se incrustaron definitivamente en mi alma y retina para los restos. Todavía continúa resonando en mis oídos su “A mandar don Pedro, para eso estamos”.

Pero si con un director hubiera que identificarla ese sería sin duda con Alex de la Iglesia, con quien trabajaría en siete producciones. La más recordable, LA COMUNIDAD. Es Ramona y su disparo a bocajarro a Sancho Gracia y su salto carpetovetónicamente matrix es ya pura antología. Su paisano fue capaz de extraer lo mejor, lo más volcánico de sus muchas virtudes profesionales. Había tenido un primer encuentro, breve pero para los anales en EL DÍA DE LA BESTIA. Y después vendrían 800 BALAS, BALADA TRISTE DE TROMPETA, LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI (trabajo que le supusiera su único Goya como mejor actriz de reparto), MI GRAN NOCHE y la última colaboración del tándem, vista este mismo, la también excesiva pero fallida EL BAR.

Había debutado con el maestro de actores por excelencia del cine español, con Don Luis García Berlanga, en la deliciosa y sutilmente cruel –su final al menos- NOVIO A LA VISTA. Y no se olvide que su ADN venía impregnado de cabo a rabo del mejor oficio, tanto subida a un escenario como ante una pantalla, pues sus hermanas fueron las siempre recordables –y excelentes- Emma Penella y Elisa Montes (casada con Antonio Ozores). Era tía carnal por tanto de Emma Ozores. Amén de nieta y bisnieta de compositores. E hija del político Ramón Ruiz Alonso.

Sin duda ha sido una de las grandes de las últimas décadas de nuestro cine. Y sin necesidad, salvo en contadas ocasiones, de tener que acaparar permanentemente plano, pues tan solo le bastaba una pequeña aparición para eclipsar a quien tuviera a su lado. Era una fuerza de la naturaleza, un torrente de energía, tanto como lo resultaba su característica, desgarrada y cazallera voz.

No quisiera finalizar esta crónica sin enunciar algunos otros de sus títulos más destacados: los recientes -2016- LA PUERTA ABIERTA e INCIERTA GLORIA (compartiendo plano con Fernando Esteso), LAS DOS Y MEDIA VENENO (tal vez la obra más destacable y de lo poco salvable de la filmografía de Mariano Ozores), FORTUNATA Y JACINTA, 99..9 o EL AIRE DE UN CRIMEN. 

Imposible también dejarla de recordar como la madre de Imanol Arias en la extraordinaria CUÉNTAME CÓMO PASO. La escena de su muerte ficticia es de los picachos de una serie pródiga en ellos, siempre desde la cotidianidad costumbrista, el tono agridulce y la reconciliación con nuestros demonios de aquella España de los 60 y sucesivas décadas que comenzaba a abrirse paso a la esperanza y a la libertad, que iba emergiendo poco a poco de la oscuridad de una guerra civil, una larga posguerra y una dictadura.

Y no mucho más pues a fuer de sincero, he de proclamar rotundo que salvo todo lo citado anteriormente, igual me dejo algo en el tintero, la mayor parte de su obra cinematográfica –obvio la fértil teatral por desconocimiento- se encontró muy por debajo artísticamente de ella, Estuvo en demasiados proyectos olvidables, que tal vez se redimían parcialmente por su presencia, por su intensidad siempre garantizada. Bien podría ser una traslación a suelo patrio de una Magnani con personalidad propia.

Creo, sinceramente, que quienes mejor pueden hablar de ella son, o deberían ser, quienes la conocieron y disfrutaron de su capacidad y compañía (de la Iglesia ha dicho de ella que su mirada taladraba y que su nivel de sensibilidad te anulaba… pues eso, poco más puedo añadir). Como apasionado e irredento cinéfilo, siempre tendrá un hueco entre mis favoritas.

Descanse en paz.

 

 

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