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Haciendo las américas

Viernes ¿negro?

por Lola Romero (Houston)

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Me consta que a estas alturas poco tengo que explicar ya sobre qué es el Black Friday. Mi familia y amigos se han encargado de dejar bien claro por las redes sociales, el Whatsapp y los “memes” intercambiados, que estaban hartos de la publicidad al respecto en España. Pero perdonadme que os cuente en esta ocasión cómo es ese “invento” desde dentro, ya que a pesar de llevar aquí ya casi cuatro años, no me había sumergido en la experiencia de salir a comprar este día. En plan salir a comprar de verdad, como si fuera 7 de enero en España. ¡A las rebajas!

Hago esta comparación para que os hagáis una idea de cómo se vive aquí, aunque en realidad no es exactamente igual. De entrada, por ejemplo, hay muchas familias que salen ya a comprar justo al acabar la cena de Acción de Gracias, sin solución de continuidad entre el pavo con salsa de arándanos y el pastel de calabaza, y los carros llenos de todo tipo de cosas en pasillos abarrotados de televisiones al cuarenta por ciento de descuento (o eso decían los carteles). En uno de mis grupos “americanos” de Facebook, había gente preguntando a las once de la noche del jueves cómo estaba un hipermercado en concreto. “Hay bastante gente”, le contestó alguien, “pero las colas van deprisa, yo no he tardado más de cinco minutos en pagar”, completó su respuesta, supongo, ya en ruta hacia otro establecimiento. Me sorprende bastante esto, porque si lo pensáis, es como si en España nos fuéramos de compras después de cenar en Nochebuena o en Nochevieja. Qué locura, ¿verdad?

Leo que esto de abrir el jueves por la noche es relativamente reciente, y como casi todo aquí, tampoco el Black Friday como el “gran día de compras” en Estados Unidos tiene más de cuarenta años de historia. En principio, el origen de la expresión “viernes negro” viene de las multitudes que copaban calles y carreteras para volver a casa después de Acción de Gracias. Para aprovechar esa presencia de gente en la calle en lo que se consideraba el primer día de la temporada navideña, algunas cadenas de hipermercados y grandes almacenes pusieron en marcha campañas de publicidad y descuentos. Así, parece ser, nació esta fiesta del consumo, que no ha hecho más que crecer y crecer, como pude experimentar de primera mano.

Me propuse una ruta por varios establecimientos de los que necesitaba cosas (algo para la casa nueva, ropa para el niño, zapatos para mí…), aunque no llegué ni a la mitad. Mi primera parada prevista era el centro comercial del “bosque” en el que vivimos, pero ni siquiera fui capaz de aparcar. Imposible: perdí más de quince minutos intentando salir del parking abarrotado, con coches dando vueltas sin parar y peatones deambulando, buscando perdidos sus propios vehículos.

En la segunda parada tuve algo más de suerte, pude aparcar sin problemas, realicé algunas compras y no tardé más de cinco minutos en pagar. Eso sí, no encontré descuentos especialmente significativos. “Se aprovechan”, me explicó muy convencida una amiga. “Yo me compré un vestido el lunes a muy buen precio que, sin embargo, estaba más caro el viernes”, me dijo bastante mosqueada.

Supongo que eso pasa, aunque yo, que visité tres o cuatro sitios más, sí pude encontrar buenas ofertas. También mucha gente: familias enteras comprando, pandillas de gente joven y también “solitarios” como yo misma, concentrados en encontrar los mejores “deals” u ofertas. Y no parecía que las colas para pagar o para ir al baño les importaran mucho.

A mí me agobió tanta gente, así que al final me marché a casa, abrí el ordenador y compré otras cuantas cosas online. Como decían los anuncios, sin colas, y sin esperas…

En fin, que me dejé poseer por el espíritu del Black Friday, aunque tengo que confesar que a pesar de lo que me gusta ir de compras, me pareció una exageración. Por cómo iban algunos carros y bolsas, me dio la impresión de que la gente compraba sin control, sólo por que algo estaba más barato que de costumbre. Y conociendo la pasión de los americanos con las tarjetas de crédito, no me extrañaría que en el futuro este fuera el “viernes rojo” o “Red Friday”, porque estoy segura de que más de uno y más de dos han dejado su cuenta corriente en números negativos…

 

Foto: Lola Romero

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