martes, 21 de noviembre

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Entre libros, nadie puede sentirse solo

Frase publicitaria de La librería

Haciendo las américas

Tan lejos, tan cerca

por Lola Romero (Houston)

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No sé si he contado alguna vez que Barcelona es la primera ciudad a la que me hacen referencia muchas personas cuando digo que soy de España. Bastantes americanos con los que he hablado (ya sabéis, de ese porcentaje que sabe dónde está nuestro país) conocen muchas más cosas de Barcelona que de Madrid. De hecho, a mi hasta me han llegado a preguntar si la ciudad condal era la capital de España, quedándose un poco extrañados cuando yo les explicaba que no, que es Madrid.

En cierto modo, como mi familia y mis circunstancias siempre hemos estado más relacionados con Madrid, esa situación me daba cierta rabia. No entendía cómo aquí en Estados Unidos Barcelona podía ser más famosa que la capital de España, ni, de paso, qué tenía Barcelona que no tuviera Madrid.

No es que no me gustara Barcelona, al contrario, pero en mi cabeza siempre había sido una ciudad lejana. De hecho, sólo he estado una vez allí, y aunque me encantó, no llegué a sentirla tan próxima como por ejemplo mi marido, que por sus vínculos familiares la ha visitado al menos una vez al año desde que nació.

Sin embargo, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que el espíritu de las Olimpiadas del 92 influyó mucho en cómo se ve Barcelona desde fuera. La imagen que se presentó fue la de una ciudad moderna, internacional, abierta… y veinticinco años después, al menos aquí en Estados Unidos, persiste ese mensaje. Y nunca se ha desligado de España. Vamos, que de los nacionalismos ni idea tienen mis convecinos “yanquis”.

Por eso más de una vez hemos comentado entre españoles lo bien que les vendría a algunos catalanes ver la identificación que se hace en el extranjero de Barcelona con España. Y precisamente porque aquí tienen perfectamente relacionadas las dos cosas, cuando empezamos a conocer el otro día las noticias del atentado, fueron muchos los compañeros y amigos americanos que nos preguntaron, y hasta, algunos, nos dieron el pésame por lo que estaba ocurriendo “en nuestro país”. Y nosotros así lo sentíamos también: íbamos comentando la última hora con incredulidad, y mirando de reojo el Whatsapp esperando que la familia y los amigos que sabíamos allí nos confirmaran que estaban bien.

Así que Barcelona ya no sólo será para mí la ciudad monumental que recorrí en dos mañanas frías de navidad, o el escenario de mi adorada tetralogía “El cementerio de los libros olvidados”, sino que se ha convertido en un lugar cercano, tangible, donde la sinrazón y la barbarie han destrozado demasiadas vidas. Pero a la vez, recordaré las Ramblas llenas de gente en las imágenes de este fin de semana, admirando la respuesta ciudadana (que no de los políticos) que ha hecho honor a aquella apertura y aquel espíritu que saludó al mundo en el 92.

Y es que quizá tenga razón una amiga mía que dice que cuando vives en el extranjero la percepción de tu patria se agudiza, para lo bueno y para lo malo. Me he dado cuenta de que estar tan lejos de tu país acerca mentalmente cada uno de sus rincones, a veces conocidos, a veces desconocidos, y cose con hilos invisibles las relaciones entre tus referentes espaciales de toda la vida y esos otros lugares que puede que no hayas visitado nunca. Porque son parte de España. Son España.

 

Foto: www.dciny.org

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