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Nunca pensé que volvería a pisar el Halcón Milenario

Mark Hammill, actor

Haciendo las américas

Mi colegio

por Lola Romero (Houston)

Soy de las que guarda muy buenos recuerdos del paso por el colegio. Y no sólo por los amigos y compañeros o los profesores: mi abuela y mi madre acudieron al mismo centro, toda una institución en mi pueblo. Hablo de una historia, de un sentido de comunidad que ha formado parte de Infantes desde 1886.

Se llama Sagrado Corazón, aunque todavía hay quien lo llama el “Asilo”, recordando sus inicios como casa de acogida y escuela para las niñas huérfanas de la localidad. Y, de hecho, recuerdo que en mis años, la diferencia entre los niños de la misma edad solía hacerse entre los que íbamos al “Asilo” y los del colegio público. Siempre existió cierta rivalidad, como la que existía también entre los dos institutos (públicos), pero no recuerdo enfrentamientos enconados ni “mala prensa”. De hecho, éramos varios los hijos de maestros del colegio público que íbamos al concertado, y al margen de algún comentario a nuestros padres, la cosa nunca tuvo la mayor importancia. Había sitio para todos.

De mi colegio recuerdo mucho últimamente los teatros que hacíamos, las representaciones de obras que estábamos viendo en lengua, y también el empuje para dramatizar cosas menos literarias, como el guión que escribí en Quinto de E.G.B. sobre los recursos naturales de Castilla-La Mancha, en el que básicamente describía una especie de búsqueda del tesoro con acertijos. Una aventura digna de “Indiana Jones” pero en la región. O eso me parecía a mí.

Desafortunadamente, perdí aquel guión escrito a mano y con forma de libreto, pero nunca he olvidado los ánimos que mi profesora de entonces me dio para seguir escribiendo y representado cosas como aquella. Ahora viviendo en Estados Unidos, donde como os he comentado alguna vez, dan tanta importancia a hablar en público y al trabajo en equipo, me doy cuenta del gran favor que nos hicieron en mi cole con esos teatros: lo que aprendimos a hablar en público, a perder el miedo escénico, a aplicar conocimientos y a memorizar conceptos sin que el único objetivo fuera aprobar un examen.

También recuerdo los dos belenes vivientes que montamos en las Navidades, creo, de 1994 y 1995, donde los padres y profesores trabajaron codo con codo para ofrecer al pueblo algo distinto, y donde también nos enseñaron a los alumnos la importancia de la comunidad educativa y de ese trabajo coordinado de padres con diferentes bagajes pero un mismo interés: nosotros.

Aunque yo dejé el colegio en junio de 1996, mi vida y mi familia siempre han seguido ligadas de alguna manera a él. Mi hermana empezó a enseñar allí cuando acabó magisterio, y sé de sobra las horas y la ilusión que ha invertido entre esas antiguas paredes. Ella vivió de primera mano la transición hace dos años de las Hijas de la Caridad a la Fundación Trilema como gestores del centro, y el año pasado se convirtió en su directora. Aunque ya en la distancia, desde Houston, he vivido la innovación del aprendizaje por proyectos, el impacto en la educación de mis sobrinos de trabajar con sus manos los conceptos, las “celebraciones del aprendizaje”, en las que todos los niños explicaban a sus familias y amigos lo que estaban descubriendo… En mi época y ahora, siempre tratando de ofrecer algo más.

En fin, recuerdos que se me amontonan en la cabeza estos días que el colegio atraviesa su peor encrucijada. Años de descenso de la población han hecho que cada vez haya menos matrículas en los dos centros educativos de Infantil y Primaria de Infantes, y pese a haber triplicado las matrículas para el curso que viene respecto al año pasado, mi “cole”, el concertado, se ve abocado a cerrar. Después de casi 130 años de historia.

Es lo que pasa cuando se trata la educación como una cuestión de dinero, mirando el corto plazo, y sin ampliar ni contextualizar: que el Campo de Montiel es una de las comarcas más deprimidas ya de por sí de la región, que la existencia de este colegio concertado abre el abanico de opciones para los padres, dentro de la libertad de elección recogida en la Constitución, que hablamos de más de cien niños y que el proyecto educativo innovador puesto en marcha es, sin duda, de gran “interés para el éxito educativo del alumnado”. Y no son mías estas comillas, esa frase proviene de la Ley de Educación en vigor en Castilla-La Mancha: “La consejería competente en materia de educación podrá establecer (…) convenios específicos u otras fórmulas de colaboración con centros privados concertados que atiendan a población especialmente desfavorecida o desarrollen proyectos de interés para el éxito educativo del alumnado”. O sea, que posibilidades y soluciones que van más allá del concierto hay. Otra cosa es la voluntad.

Pero no se trata de si es la Junta, o la fundación, o lo que dice el PP que pasa o lo que explica a su manera el PSOE. Me consta que el colegio y todos los que forman parte de su comunidad educativa, como el AMPA, no quieren verse inmersos en una discusión política, ni quieren ser utilizados para que unos y otros se ataquen mutuamente. Sólo quieren que sus cien alumnos tengan las mismas posibilidades que los que viven en ciudades o poblaciones más grandes. Y seguir trabajando por una excelencia que no ha podido quedar mejor reflejada en las concentraciones de la Plaza de Infantes este fin de semana: niños felices, jugando y cantando, perfectamente conscientes de lo que pasa, pero sin comparaciones, sin odios ni ataques, y sin perder la esperanza de que las cosas se solucionen.

Fotos: Juan Rivas/manchaDIGITAL

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