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Hay que garantizar la autonomía de las redacciones y de los directores

Juan Luis Cebrián, presidente del Grupo PRISA

Estreno en Royal City

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Perfectos desconocidos ()

Director: Álex de la Iglesia

Intérpretes: Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández, Pepón Nieto

Sinopsis: En una cena entre cuatro parejas de entre 45 y 50 años, que se conocen de toda la vida, se proponen un juego que pondrá sobre la mesa sus peores secretos: leer en voz alta los mensajes y las llamadas de sus móviles, su vida entera compartida por todos en ese momento... Remake del exitoso film italiano "Perfetti sconosciuti", de Paolo Genovese. (FILMAFFINITY)

Crítica de José Luis Vázquez

Valoración: 5 estrellas

El móvil es el detonante de dos de las mejores películas españolas de 2017, EL AUTOR y PERFECTOS DESCONOCIDOS, estrenadas casi al mismo tiempo, cuando ya el año comienza a declinar.

Lo que no declina es una intensa luna entre marciana y hemoglobínica que por un momento, es decir un plano, parece extraída del apocalipsis sugerido por Lars Von Trier en su muy apreciable MELANCOLIA.

Nada que ver en cualquier caso el registro tonal de ambas. El bilbaíno Álex de la Iglesia, en algo inusual en su filmografía, trabajar con textos previos que sean de otros, se deja de ensimismamientos y lleva a cabo un personal “remake” de una recientísima –de 2016- y exitosa –ganó el David di Donatello como mejor producción- comedia italiana de Paolo Genovese, PERFETTI SCONOSCIUTI.

El guión, que vuelve a firmarlo con su inseparable Jorge Guerricaecheverría, aspecto este siempre tan determinante, hasta el punto de que ha sido el causante de que algunas de sus últimas obras - hayan resultado fallidas –LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI o EL BAR-, al venir esta vez en buena parte determinado por la brillantez de origen (y es que en varias ocasiones los suyos originales pecan de exceso y desmadre atosigador), se erige en su primer acierto. He de reconocer que ha sido convenientemente adaptado, trufado por unos diálogos dinámicos, muy vivos.

La estructura teatral que lo delimita es trascendida por una dirección que hace de la agilidad y el ritmo sus sellos más distintivos.

A partir de ahí, lo que se da por seguro en cualquier obra del vasco, hasta en la más decepcionante (y es difícil considerar así a algún trabajo suyo, tal vez  LOS CRÍMENES DE OXFORD o alguno de los títulos anteriormente citados), es su gran brillantez técnica. Esta vez  moviéndose tan solo en dos o tres escenarios (en casi menos se desenvolvía en LA CHISPA DE LA VIDA con José Mota), en un alarde digno del Luis Buñuel de EL ÁNGEL EXTERMINADOR, pero manejados con gran precisión y tirando una vez más de esos planos secuencias que ya son marca de la casa.

Otro apartado que se acaba revelando fundamental es la dirección de un buen puñado de actores. Los habitualmente espléndidos Eduard Fernández y Belén Rueda prácticamente vuelven a recrear sus personajes de LA NOCHE QUE MI MADRE MATÓ A MI PADRE. La secuencia de la llamada telefónica entre Fernández y la hija de ambos, de carácter más serio que la mayor parte de la función, es uno de los momentos más afortunados, al revelar la incapacidad de esa psicóloga de éxito de comprender a su propio retoño.

Sin duda, el más divertido es Ernesto Alterío, también es verdad que le sirven en bandeja las situaciones más graciosas y ocurrentes, aunque su vis cómica es innegable, ya la dejado patente en otros trabajos (EL OTRO LADO DE LA CAMA, ¿QUIÉN MATÓ A BAMBI?). Le da adecuada réplica la colombiana Juana Acosta como su mujer, algo que también lo es en la vida real, así que la complicidad funciona doblemente.

Dafne Fernández y Eduardo Noriega son una dúo de guapos y resolutivos, ella tirando más de frescura “juvenil”, supuesta inteligencia emocional, y él de innegable encanto seductor.

Y dejo para el final a un Pepón Nieto que prácticamente hace de sí mismo pero lo lleva a cabo muy bien, con brío y resolución.

Con estas tres parejas de amigos y otro que viene sin ella, sus máximos responsables han construido un artefacto casi de vodevil, pero vodevil fino, que trata sobre la hipocresía, la mentira, el engaño y la traición. En la que el teléfono de marras es la excusa para disimular las miserias que albergamos dentro, determinadas en algunos casos por las partes bajas de los interfectos, algo muy propio de una ancestral cultura machista, absorbida en algunos casos y pautas de conducta por la mujer. También viene a exponer que nunca conocemos tan bien como pensamos a los demás, a los amigos. Y, por supuesto, queda patente que casi todos tenemos algo que ocultar.

Un muy buen divertimento, que sin renunciar en ningún momento a dicha condición bien podría hacer cavilar sobre algunas de nuestras actitudes en la vida.   

José Luis Vázquez

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