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Entre libros, nadie puede sentirse solo

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Diario de un Cinéfilo Compulsivo

 

Martes, 12 de septiembre

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Foto: Ellar Coltrane en Boyhood/Boyhood (Momentos de una vida)

-Veo a primera hora de la madrugada imágenes en el informativo 24 HORAS sobre la Diada de este pasado lunes en la que reciben entre aplausos al detestable Arnaldo Otegi. Sencillamente repugnante, despreciable ¿Adónde vamos? Necesito más que nunca esa droga aplacadora que es el cine para evadirme de la grimosa, de la feísima realidad. Qué mejor que volver a revisar ese monumental  y atrevido canto a lo mejor de nosotros y de la vida, con sus correspondientes asperezas y diversos puntos de vista claro, que es BOYHOOD (BOYHOOD): Curiosamente, mientras escribía este prólogo no había caído en la cuenta que su subtítulo es precisamente MOMENTOS DE UNA VIDA.

Vuelvo a suscribir coma por coma la crítica escrita con motivo de su estreno. Es curioso, últimamente rara vez cambio esas primeras impresiones provocadas respecto a los estrenos vistos en los últimos años. Quiero creer que no es cabezonería en reafirmarme en mis apreciaciones, sino tal vez una mayor percepción ante lo contemplado en pantalla. El hecho de ir cumpliendo años tal vez también pueda que tenga que ver algo en ello… por aquello de la firmeza de criterio, aunque siempre teniendo en cuenta que el cuestionamiento o la duda no dejen de ser la gasolina que me mantenga en permanente guardia para no caer en el propio ensimismamiento o en la inflexibilidad.

Finaliza la proyección de BOYHOOD y aparte de dejarme una amplia sonrisa por ese último y esperanzador plano final de celebración del amor, de la vida que se abre ante el protagonista, ante nosotros mismos, espectadores, seres humanos perfectamente identificados con cientos de sensaciones anteriormente desplegadas, me quedo completamente absorto,  embobado, abducido por el prodigio al que acabo de asistir. Y eso que en la misma semana había vuelto a vivir otros dos, EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS y CINEMA PARADISO.

No me ha sucedido demasiadas veces en los últimos años esta sensación tan absolutamente placentera. Con LOS PUENTES DE MADISON, con BIG FISH, con MILLION DOLLAR BABY, con CADENA PERPETUA, con FRANKENWEENIE, con GRAN TORINO, con ROMA, con MAR ADENTRO, con GLADIATOR, con LA VIDA ES BELLA, con AMELIE… con un puñado más.

Me acabo de dar de bruces con todo un acontecimiento, un milagro cinematográfico, la quintaesencia de la épica de la cotidianidad. Porque de eso trata preferentemente este insólito y verdaderamente arriesgado experimento que, sin embargo, rezuma naturalidad y sencillez, transparencia y nitidez (la magnífica fotografía contribuye poderosamente a ello), emotividad y desolación, clasicismo y subversión.

Trata de la vida de un niño que se hace adolescente, accede a la Universidad y acaba vislumbrando el umbral de la madurez a lo largo de doce años filmados en tiempo real. En el  fondo, trata de cualquiera de nosotros y lo hace explicando una gama amplísima de sentimientos y descubrimientos en dos brochazos, con una precisión quirúrgico-narrativa modélica. Y eso que dura 166 minutos que acaban suponiendo un puro suspiro temporal.

Ofrece, además, un impagable plus para quienes nos consideramos devotos, irredentos enamorados de la cultura y la parte más positiva de la sociedad norteamericana. Pues constituye  todo un fresco mediante tonos, registros íntimos y familiares de los USA.

Se ve casi de todo, grato y no tanto, se ponen sobre el tapete las fascinantes contradicciones y resplandores de sus habitantes. Lo hace sin elevar la voz, con la cámara a la altura de la mirada de sus protagonistas, baqueteados unas veces, resarciéndose con fugaces, cálidas y afectuosas victorias otras. Mediante desamores, temores, brutalidades, decepciones, logros, superaciones, sobreprotecciones, sobreexposiciones… Vamos, como la existencia misma… de ahí su subtítulo español. Porque precisamente trozos de vida, palabra recurrente para explicar esta maravilla, es lo que nos muestra la cámara del singular, apasionante, original y afortunadamente inclasificable cineasta tejano Richard Linklater, el responsable de la trilogía de los ANTES… DEL AMANECER, DEL ATARDECER y DEL ANOCHECER, o el de otros acontecimientos a lo mejor no tan grandes pero siempre, como mínimo, gratos y sorprendentes, desde WAKING LIFE o UNA MIRADA EN LA OSCURIDAD hasta ORSON WELLES Y YO. Ninguno como él para hablar del paso del tiempo en una pantalla, de llegar a comprimirlo como obra aquí el prodigio. El otro maestro manejándolo –desde otra perspectiva- sería Christopher Nolan.

Reiterando lo anterior, podrán comprobar, entre otras descripciones, que plasma la facilidad con que desde pequeño se pueden tener armas por aquellas latitudes, lo higiénicamente democrático que resulta que cada uno se posicione políticamente defendiendo a sus candidatos electorales sin que por ello llegue la sangre al río, la escasa predisposición hacia el tutelaje de lo público, reflexiones sobre la incidencia del móvil en las relaciones interpersonales, el amor por el country, las high school, el rugby, el béisbol, los perritos calientes, la celebración del día de Acción de Gracias, la guerra de Irak, la letra de su himno, los fanfarrones, el afán de superación encarnado admirablemente  a través del inmigrante Ernesto, su música más popular… y de todo lo que puedan suponer, todo ese universo que forma parte de la educación sentimental de una nación tan poderosa y compleja como la retratada.

De fondo, un paisaje de familias desestructuradas, relativamente disfuncionales, siempre empeñadas en salir adelante a base de esfuerzo, comprensión, coraje y experiencias. Hay mucha carga de profundidad, abundante auto crítica (algo en lo que también son maestros los estadounidenses y de la que en España tanto tendríamos que tomar todos nota, ya saben, la paja en el ojo ajeno…) en esta historia que transita caminos compartidos en lo fundamental por cualquiera de nosotros. Con un lenguaje claro y rotundo.

Sin tener que apelar en momento alguno a recursos ñoños o excesivamente facilones, me provoca permanente atención y conmoción la exposición llevada a cabo mediante imperceptibles y brillantes transiciones para estudiar en cualquier facultad que se precie, de la supervivencia emocional y física de esos salados críos que se van convirtiendo a empellones en confusos jovencitos. Insisto, como le ha sucedido a usted, a mí, a cualquiera.

Qué imponente lección de amor hacia el cine y hacia las criaturas que poblamos este mundo loco. Qué película tan bonita, tan rotundamente preciosa en el más amplio sentido del término. Con que verdadera joya nos han bendecido los dioses del Olimpo cinematográfico en el siempre melancólico septiembre, el mes por antonomasia del volver a empezar, el mes que refrenda mejor que ningún otro que pese a todo el planeta fluye, continúa en marcha.

Y una frase dicha por el estupendo Ethan Hawke, actor fetiche del director, con el que su hijo ficticio se acaba mimetizando hasta casi inclusive en el aspecto físico, acaba resultando de lo más reveladora del espíritu de esta historia, de esta pieza de cámara  suprema. Va dirigida precisamente a su ya crecido retoño: “Todos improvisamos sobre la marcha, lo bueno es que sientas las cosas”. O aquella otra: "Déjate de barreras, en la vida no hay barreras".

También la estrofa de una delicada canción, ”todo el mundo se merece la oportunidad de caminar con los demás…”, podría muy bien definir la brisa que la expande.

Después de esto, poco más he de añadir.

Fabulosa, obra maestra, el mejor estreno del año y de alguno otro más.

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