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Barricada Cultural

 

Amor de madre, madre de amor

por L. Mariano Carmona Rodríguez

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Judith Viorst relata en una de sus obras: “Un niño de tres años había sido rociado con alcohol y, algo que parece impensable, su propia madre le prendió fuego. En la sala de cuidados intensivos, el pequeño solo quería una cosa: que ella viniera a abrazarlo”. Este relato escalofriante, no es una invención de un pervertido psicópata, muestra claramente la relación amorosa de un niño hacia su madre. El amor incondicional que sentimos hacia nuestra madre, el primer vínculo emocional que cualquier ser humano o animal siente y que, de manera eterna nos mantendrá unido a ella. Es único e incomparable.

Pero este amor se va contaminando y el desamor alcanza su punto álgido en la adolescencia, donde el vínculo amoroso con la madre puede llegar a romperse, o incluso a no recuperarse jamás. La madre más abnegada, la más entregada a la causa maternal, es percibida como la causante de todos los males, de las oportunidades frustradas, de las metas inalcanzadas, de los fracasos vitales. Es el objetivo de nuestra venganza por hacernos qué y cómo somos, puede incluso convertirse en el ser más odiado por su propio hijo.

En este punto de llamémosle madurez, se crea una herida familiar de difícil curación. Pero su dificultad no debe impedir su búsqueda de sanación, porque restablecer el vínculo amoroso con la madre es la base fundamental e incondicional para la paz interior y que servirá para encontrar el equilibrio emocional, tanto con nosotros mismos como con los demás.

Y para eso, tenemos que buscar en lo más profundo de nuestro interior, de nuestra alma. Restablecer el vínculo materno-filial se reduce a tres pilares: respeto, comprensión y perdón. Juzgamos y condenamos sin posibilidad de enmienda a nuestra madre, sin saber cómo fue su vida, cómo llegó a engendrarnos, por qué, qué planes de vida se truncaron con nuestra llegada, cómo le trató su familia, nuestro padre, sus amigos, su sociedad, qué tuvo que sacrificar, qué sueños se le truncaron. Generalmente las personas somos intolerantes e incomprensibles hacia los demás, y en ese grupo incluimos a nuestra propia madre, pudiendo llegar a castigarla más aún que si fuera un extraño o extraña. ¿Han visto alguno de los programas de “Hermano Mayor”, donde aparecen adolescentes llenos de rabia que sacuden a sus madres como si fueran sacos de boxeo?

Y no es fácil, les aseguro que esas tres tareas no son fáciles, requieren un trabajo terapéutico de inmersión profunda en el mundo emocional de nuestro ser. Atravesar el respeto y la comprensión y llegar al perdón requiere caminar por las aguas más sucias y hediondas de nuestro espíritu para una vez ahí, limpiar ese pozo ciego, no sin arcadas, vómitos y llantos sanadores del alma.

Y no basta con que un día te pongas frente a tu madre y le digas: “mamá, te respeto, te comprendo, te perdono y te amo”. Son sólo palabras, lo difícil es transformar las emociones actuales en otras que te permitan decir esas palabras con la voz quebrada sintiéndolas de verdad. Sólo entonces, será cuando hayas dado un paso importante para curar tu espíritu.

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