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Cuatro películas... En horas lectivas (II)

por Alicia Noci Pérez

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Me gusta mucho el género documental y el tema de la enseñanza es muy propicio para tocarlo en este tipo de películas. Permítanme por ello referirme esta semana a “La escuela olvidada”. Como les digo, documental, de una hora de duración, dirigido en 2010 por Sonia Tercero Ramiro, una periodista, guionista y productora con un trabajo previo también dedicado a la educación, “El secreto de educar”.

“La escuela olvidada” pretende hacer un semblante de la educación en España a principios del siglo XX y hasta la guerra a través del Instituto Escuela, sin duda una gran apuesta por la actualización del sistema pedagógico español.

La película se articula a través de los testimonios tanto de pedagogos o historiadores de la Educación como de antiguos alumnos, acompañados de fotografías e imágenes de la época. Entre los que más pueden llamar la atención se encuentran Pasqual Maragall, antiguo alcalde de Barcelona, cuya madre estudió en el Instituto Escuela, formada en los principios de la Institución Libre de Enseñanza, o Ángela Barnés, también alumna y una de las hijas de Francisco Barnés, el que fuera ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes durante la Segunda República y gran impulsor de esta reforma educativa; en palabras de ella, “mi padre siempre decía: mis hijos que se casen y mis hijas que estudien” (Paloma Alcalá Cortijo, Capi Corrales Rodrigáñez, Julia López Giráldez (coord.), “Ni tontas ni locas. Las intelectuales en el Madrid del primer tercio del siglo XX”).

Este Instituto Escuela fue una afortunada creación de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). La Junta, creada en 1907 como heredera directa de la Institución Libre de Enseñanza, tenía como objetivo enlazar con la ciencia y la cultura europeas y preparar al personal docente para llevar a cabo las reformas necesarias. Presidida por Santiago Ramón y Cajal y con José Castillejo en la Secretaría, dio origen, entre otras cosas, a la Residencia de Estudiantes, a su equivalente femenino, la Residencia de Señoritas y, como les digo, al Instituto Escuela.

La Institución Libre de Enseñanza, que siempre, desde que oí hablar de ella en el colegio, me ha parecido una idea maravillosa, auténtico germen de todo este movimiento en nuestro país, fue fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, separados de la Universidad por defender la libertad de cátedra. Sus principios fundamentales eran la educación tanto de la mente como del cuerpo, por lo que prestaron gran atención al ejercicio físico; una amplia cultura general de base; la coeducación de ambos sexos; el uso de los libros, pero no de los libros de texto; cooperación familiar; proceso continuo de la educación desde los primeros niveles hasta la Universidad; clases en forma de conversación utilizando métodos intuitivos que animen al descubrimiento; disciplina basada en la idea de corrección o reforma, no en los castigos; y formación en la salud y la higiene.

Como manera de cimentar todo este trabajo, y sobre todo en la enseñanza primaria, el Instituto Escuela se crea en 1917 en Madrid como centro de enseñanza de alumnos y de profesores. A partir de 1932 se extendería a Barcelona, Valencia y Sevilla. Para entonces había llegado la madurez de esta institución: una precisa reorganización, ampliación de actividades extraescolares; colonias de vacaciones; viajes e intercambios en el extranjero; un modelo educativo nuevo en la sección de párvulos; una biblioteca circulante para Bachillerato... (Elvira Ontañón, “El Instituto Escuela, un proyecto educativo vigente”, en El País, 23 de abril de 2007).

En 1938 el gobierno franquista decretó el cese de la JAE, aunque se mantuvo un tiempo en Valencia y Barcelona. Al menos todos sus centros acabaron formando parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), fundado en 1939.

Finalmente, muchos de aquellos profesores se vieron abocados al exilio y recalaron en Sudamérica. Sin duda, el país que más exiliados recibió fue Méjico donde, a día de hoy, aún se mantienen centros con aquel espíritu. Es curioso en el documental, aparte del testimonio de la Presidenta de Descendientes del Exilio Español y antigua alumna y del Patrono del Colegio Madrid, fundado en 1941 por estos profesores, ver cómo en este centro se ha mantenido su espíritu, desde los principios de aquel sistema de aprendizaje hasta la celebración, cada 14 de abril, del Día de la República Española.

En un país donde parece evidente que no se acaba de encontrar un sistema pedagógico adecuado (consideren que llevamos diez leyes orgánicas en lo que va de democracia, desde la Ley General de Educación de Villar Palasí, de 1970, que, aunque es anterior, se mantuvo hasta 1990 (es la que estableció la EGB) hasta la LOE de 2006), asomarse a este experimento tan moderno, tan avanzado, tan ilusionante para alumnos y profesores a través de este documental nos permite un atisbo de esperanza de que podemos acabar por encontrarlo.

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