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Uno de mis héroes

por Ignacio Gracia

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Se llama Jerry W. King. Es estadounidense. Lo conocí en un congreso internacional siendo uno de los mejores científicos del mundo en mi temática de investigación. Años más tarde fue el invitado de honor de un evento que organizamos en Madrid, y amablemente aceptó la invitación para venir a Ciudad Real a dar una conferencia a la Universidad.

Le encanta España. El flamenco y las mujeres morenas de ojos negros. Sevilla, el Cristo de los Gitanos. –Ignacio, ¿El Cachorro sale el viernes santo de Triana, no?- Me quedo boquiabierto. –No se Jerry, me informaré-. Se queja de que las únicas casetas a las que puede pasar en la feria son las del partido comunista.

La charla en la facultad es un poco monótona, no os mentiré, con transparencias en blanco y negro. Esos días hago de cicerone y lo llevo a visitar los molinos de Campo de Criptana y Toledo, donde queda fascinado con un puente al que tira casi dos carretes de fotos. Entablamos amistad y franca simpatía y me voy percatando que no es una persona cualquiera. Es uno de los directores del laboratorio de los Álamos en Nuevo México (donde dice la leyenda que está el OVNI). Tiene que llamar a un número cada 24 horas para decir que está vivo. Es un objetivo ¿estratégico? En su centro trabajó Oppenheimer, el que desarrolló la bomba atómica, y creo que lo conoce. De eso no habla.

Es un luchador incansable. No conozco a nadie que con casi 65 años en aquella época trabajara de esa forma. Tuviera esa curiosidad innata. Esa capacidad de trabajo y de liderar a gente, de ser él personalmente el que hacia los viajes, llevaba los posters, escuchaba los problemas y ayudaba a la gente. Parece que no dormía nunca. Años después organizó un congreso en San Francisco al que asistí, y lo seguía planificando y ejecutando todo. Nos invitó un día de viento terrible a dar un paseo por el Golden Gate y fue el que menos se cansó, hubo que pedirle que volviéramos ya que ya llevábamos 3 o 4 kilómetros. Tuvimos que insistir varias veces en que queríamos regresar.

Pues el caso es que lo conocéis todos, no por su nombre real. Su vida, entre otros, inspiró una famosa película de baloncesto. Hoosiers, protagonizada por Gene Hackman. La historia de un entrenador que llega a una pequeña ciudad de Indiana, y coloca a su equipo de baloncesto en las finales estatales a base de cambiar el concepto de entrenamiento que tenían los lugareños. Ese entrenador sería después muy famoso, Bobby Knight, el del primer Dream Team. El auténtico. El del oro de Barcelona. Jerry era uno de los chicos en los que se basa esa película.

El film es en realidad mezcla de varias historias de equipos, desde uno de un instituto de Indiana al del famoso de la Universidad de Duke, pero el hecho es claro. Le pregunté muchas veces sobre el tema y afirmaba pero no hablaba sobre ello. También me dijo que jugó o entrenó con Mike Krizewsky, el entrenador del actual Dream Team estadounidense. Otra leyenda, como Bobby Knight, al que batió todos los records de victorias en el baloncesto universitario y en la selección de USA. Los hechos no encajaban, pensaba que no era del todo cierta la historia o que había conocido sólo a uno de los dos personajes. Era imposible que tuviera relación con las dos leyendas a la vez.

El otro día desenredé la madeja. Y Jerry, modesto, tenía razón. Durante un tiempo coincidieron Bobby Knight y Krizewsky, el primero como entrenador del segundo. En el equipo de baloncesto de la academia militar de West Point y también en la Universidad de Duke, en Indiana. Krizewsky sustituyó posteriormente a Knight como entrenador. Los dos batieron todos los records de victorias de Duke. Dos líderes, amados y odiados sin medida. Krizewsky, el coach K, dice que él en realidad es entrenador de baloncesto por azar de la vida, pero que es un líder por naturaleza. En cualquier camino que hubiera elegido el resultado de éxito sería el mismo.

Lo que me fascina es que allí estaba Jerry King. Empiezo a entender su actitud. Y me doy cuenta de que el que es un líder en la pista de baloncesto, sigue siéndolo rodeado de equipos de investigación. Bobby Knight decía que muchos tenían la voluntad de ser campeones, pero no la voluntad de sufrir y trabajar para ello diariamente. Ahora comprendo por qué eres así.

Hace poco lo vi pasados los setenta, en un congreso en Portugal. Daba la conferencia inaugural, la más importante. Más viejo, más ajado. Se acordaba de todo. Del puente del Toledo -lo bautizamos en su día el puente de Jerry King-. Al dar la charla, fruto de los nervios o de la edad, le temblaba la mano que sostenía el micrófono. Pero no la voz. Jerry sujetó el micrófono con las dos manos para mitigar el temblor y acabó la mejor conferencia que he visto en muchos años. Esta vez era con las transparencias en color, alucinantes. Y estoy seguro que la había hecho él, que había aprendido a usar las nuevas tecnologías. Como el luchador incansable que es. Hace sesenta años también le temblaba la mano delante de diez mil espectadores. Meter el último tiro en la final nacional con Hickory, con los Hossiers, fue mucho más difícil.

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